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miércoles, 4 de diciembre de 2013

AMBROSE BIERCE, UNA NOCHE DE VERANO





AMBROSE BIERCE
Ambrose Gwinett Bierce es un escritor y periodista estadounidense nacido en Ohio en 1842.

Se crió junto a sus padres y sus doce hermanos en el condado de Kosciusko, Indiana.



Se alistó como voluntario de Infantería en la Guerra Civil Estadounidense, realizó tareas de ingeniero topográfico y participó en diversas batallas.




Se licenció en Periodismo y contrajo matrimonio con Mary Ellen Day, con quien tuvo tres hijos.

Como periodista colaboró en Londres y en Estados Unidos en diversas publicaciones como: The Argonaut, The Overland Monthly, The News Letter y The San Francisco Examiner.


En 1913, viajó a México y se unió al ejército de Pancho Villa.
A partir de entonces, no se supo nada más sobre él.




Su cuerpo jamás apareció y no se tienen datos precisos acerca de su muerte.

Hay versiones que indican que Ambrose Bierce perdió la vida en Ojinaga un año después de haber llegado al territorio azteca.




Hasta existe una creencia popular que indica que el escritor estadounidense fue fusilado en 1914 en el cementerio del pueblo de Sierra Mojada.



RELATOS DE AMBROSE BIERCE

Estos son algunos de los títulos que forman parte de la extensa producción de relatos de este escritor:

Cuentos de soldados y civiles 

Fábulas fantásticas

El clan de los parricidas

La cosa maldita 

Un suceso en el puente sobre el río del Búho

EL DICCIONARIO DEL DIABLO



Además de los relatos que le dieron fama, Ambrose Bierce hizo un curioso diccionario formado por 998 definiciones.

El diccionario del Diablo


Es un clásico universal indiscutible de la irreverencia y fue libro de cabecera del filósofo nihilista Cioran.

La pluma mordaz e irreverente de Ambrose Bierce ofrece, en esta obra maestra de la ironía y el cinismo, una corrosiva visión del mundo que, un siglo después de su publicación, conserva su absoluta vigencia.
Muchas de las definiciones, anécdotas y frases presentes en El diccionario del Diablo llegaron a convertirse en algo habitual en la filosofía popular.

Puedes hacer click en el siguiente enlace si quieres consultar este famoso libro:
Diccionario del Diablo




UNA NOCHE DE VERANO



El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición -tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación-, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.


Pero, muerto... no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.

Pero algo todavía se movía en la superficie. Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.

Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era la de que "conocía todas las ánimas del lugar". Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.

Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.

El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.

En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.

Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.

Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.

-¿Lo has visto? -exclamó uno de ellos.

-¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?

Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.

-Estoy esperando mi paga -dijo.

Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

Ambrose Bierce



















sábado, 2 de noviembre de 2013

LUIS F. TRONCÓNIZ, CINE GÓTICO Y LITERATURA


EL CINE GÓTICO

Haz un repaso con este vídeo de algunas de las películas más representativas del cine gótico:


Para completar la información puedes leer este artículo de Luis F. Trocóniz sobre la literatura gótica en el cine.





CINE GÓTICO Y LITERATURA 

Decir a estas alturas que el séptimo arte tiene una gran deuda con la literatura produce cierto sonrojo. Ahora bien, no todas las corrientes y estilos literarios han participado en el engrandecimiento del cine de la misma manera. La literatura gótica, junto a la de aventuras y la ciencia ficción, quizás sea la corriente literaria que más repercusión haya tenido en la historia del cine desde sus inicios hasta nuestros días, al menos como generador de iconos universales. 




















El gótico literario tiene su punto de arranque en la Inglaterra de finales del XVIII, como reacción a una concepción filosófica y estética racionalista que provenía de la Ilustración. A lo largo de todo el siglo XIX la literatura gótica desarrollará una ingente variedad de tramas y estilos narrativos: desde el cuento sobrenatural, a la novela de fantasmas, pasando por los relatos de detectives o los dramas por entregas. Sin embargo, el término “gótico” aplicado al cine va a ser utilizado generalmente para referirnos al género de terror, aunque dicha estética vaya a estar también presente en otros géneros, como el cine negro o la ciencia ficción. Y de igual manera que el cine gótico no se puede circunscribir únicamente al cine de miedo, no todo el cine de terror que hoy conocemos podemos considerarlo gótico: el gore, que nace de las películas de serie B de finales de los 60 y 70, o el más reciente nuevo terror adolescente —donde jovencitos adinerados sufren las manías persecutorias de un psicópata— tienen poco ya que ver con el terror clásico que inspiraron los Bram Stoker, Walpole o Lovecraft. 


Pero realmente, ¿cuáles son las características del terror gótico? En primer lugar, y como punto de partida, hay que decir que en la propia naturaleza del género reside una continua exaltación de lo “subjetivo”, frente al naturalismo de algunas escuelas (documentalistas y neorrealistas principalmente) que buscan representar una realidad más o menos “objetiva”. Lo fundamental en el terror gótico es transmitir la visión de un mundo misterioso e inquietante, donde el hombre está indefenso a expensas de fuerzas superiores a su voluntad. La decadencia de una sociedad decrépita, las imágenes de locura y muerte, los fantasmas ancestrales y las escenas oníricas serán las principales señas de identidad de este cine, fiel a la tradición literaria del gótico de finales del siglo XVIII y del XIX. Pero el cine gótico se caracterizará sobre todo por una exageración dramática sublime, tanto en las formas como en el fondo, creando un marco sobrenatural inigualable para que personajes siniestros provoquen el escalofrío y el horror a sus anchas en el espectador.




Para encontrar los orígenes del cine de terror gótico debemos remontarnos al cine mudo. En esta etapa inicial los géneros más sobresalientes fueron el épico (superproducciones que recreaban hechos históricos, como Cabiria, El nacimiento de una nación u Octubre, entre muchas otras), el cine cómico (Mark Sennet, Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton) y finalmente, el cine de terror, amén de otro cine destinado al gran público y más cercano al melodrama. Las primeras fuentes de inspiración de los cineastas vinieron de la mano de la literatura y, muy en especial, de la novela. 





















¿Por qué llegan con mayor fuerza a la gran pantalla los relatos de la literatura gótica que las historias de las novelas de corrientes realistas y naturalistas del siglo XIX? Evidentemente, el potencial estético del joven arte para crear imágenes sugestivas no podía pasar desapercibido para los productores de la época. Tras la rica experiencia del teatro romántico y el emergente teatro expresionista, la industria del cine aprovechará su capacidad referencial para ilustrar lo que hasta ahora sólo se había podido leer o ver sobre un escenario, y será en la estética expresionista donde las historias de terror encontrarán un perfecto acomodo. 


Al igual que en pintura y teatro, el expresionismo cinematográfico nace en Alemania como un movimiento de vanguardia cuya motivación principal es la de provocar, removiendo la conciencia del espectador, creando imágenes angustiosas. Para ello, se dotará de una plástica escenográfica propia —con decorados donde abundan las paredes inclinadas y las formas angulosas, utilizando la luz y la sombra para crear ambientes sugestivos— que llegará en buena parte hasta nuestros días como convenciones del género de terror, si bien sin las extravagancias de los primeros momentos. Este nuevo arte expresionista, tan exagerado en sus formas como cuidado en sus argumentos, encontrará en la literatura de terror del XVIII y XIX un perfecto filón que explotar. A diferencia de las producciones épicas o cómicas, que en gran número partirán de guiones originales, el terror beberá directamente del riquísimo legado literario gótico y lo hará mediante adaptaciones bastante fieles al original. 



























Con el paso del tiempo, estas películas pasarán a formar parte de la historia de la cultura iconográfica universal. Los paisajes inhóspitos, los castillos abandonados, la sobreactuación de los actores heredada del teatro romántico (recuerden la interpretación histriónica del Conde Drácula de Bela Lugosi), los ambientes de pesadilla y los universos paralelos serán la fuente de inspiración para las primeras obras producidas por la Universal y para los expresionistas Fritz Lang, Robert Wiene o Murnau. Por el contrario, en esta primera etapa muda la influencia de la literatura “realista”, donde la fuerza del diálogo es fundamental, no alcanzará su máximo esplendor hasta la llegada del cine sonoro a finales de la tercera década del siglo XX. Resulta curioso que en Inglaterra, con la rica tradición de novela y melodrama teatral góticos, sus cineastas no prestaran excesiva atención a tales obras hasta la aparición de la productora Hammer a mediados de la década de los 50, dando comienzo un renacer del género con la incorporación del color. Por primera vez se veía en pantalla el rojo intenso de la hemoglobina. Millones de espectadores se horrorizaron al ver chorrear la sangre por los colmillos del incombustible Christopher Lee. 



Para el mundo del cine, uno de los aspectos más atractivos de la literatura gótica siempre ha sido la descripción de atmósferas asfixiantes, donde los paisajes sobrecogedores y las noches de luna sugieren imágenes escalofriantes. Pero amén de castillos abandonados, callejones oscuros y sótanos infectos, donde el terror filmado encontrará la horma de su zapato será en el monstruo. En buena parte de los casos serán criaturas semihumanas o con alguna extraña mezcla de animal esotérico (lobos, murciélagos, reptiles, insectos, etc). Otras veces en cambio, serán hombres que pierden sus facultades humanas por algún motivo (Frankenstein, el Dr. Jekyll), locos asesinos (Jack, el destripador) o depravados (El enterrador de cuerpos). Pero de todos los monstruos, el más representado en la historia del cine será el vampiro, con su noble encarnación en el Conde Drácula.


Todos estos monstruos han sido representados una y otra vez hasta convertirse en verdaderos mitos del siglo XX, gracias al ingenio de los R.L. Stevenson, Mary Shelley o Polidori. El cine por sí mismo nunca hubiera sido capaz de crear tan magnéticas y fantásticas criaturas. 




















La segunda gran aportación de la narración gótica, tanto o más importante que la anterior, será la concepción del espacio. Sólo hay que recordar las riquísimas y prolijas descripciones de H.P. Lovecraft o Edgar Allan Poe, donde los ambientes juegan un papel tan importante como los personajes: cementerios, bosques, castillos, pasadizos, criptas, casas abandonadas, posadas en medio del camino... Todo ello recrea los miedos ancestrales del hombre, el miedo a la oscuridad, a la soledad en espacios peligrosos, el miedo a lo desconocido y, finalmente o el miedo a la muerte. 

Y buena parte de culpa la tendrán los elementos expresionistas, anteriormente citados, que pervivirán en este cine de terror más allá de sus comienzos experimentales. Así, casi noventa años después de El gabinete del Dr. Caligari, M, el vampiro de Dusseldorf, Nosferatu o El testamento del Dr. Mabuse, siguen inquietándonos recursos tan sencillos como efectivos, mil y una vez vistos, como una puerta entreabierta en lo alto de una escalera. 



El terror gótico, a diferencia de otras producciones de terror tiene preferentemente una ubicación temporal en épocas remotas, especialmente en la Inglaterra victoriana. Allí se desarrolla uno de los relatos más espeluznantes llevados a la gran pantalla: El extraño caso del Dr. Jekyil y Mr. Hyde. En esta ocasión, a diferencia de Drácula o Frankenstein, el monstruo habita en un ser humano que le impulsa indefectiblemente a matar. El mal está en nosotros. 


El terror desgarrado de los suburbios del Londres del XIX y de viejos castillos convive también con un terror de estirpe romántica y humanista encarnado por Frankenstein. Al igual que en el caso de Drácula existen diferentes versiones de esta obra: primero, un Frankenstein siniestro y asesino hasta la versión más edulcorada rodada hace unos años por Kenneth Brannagh. Lo mismo ocurre con Drácula, que comenzó con una interpretación barroca y elegante, encarnada por Bela Lugosi, pasó por el satánico y embaucador Drácula de Christopher Lee hasta llegar de nuevo a la romántica y sensual versión del maestro Coppola. 

Todos ellos tienen una cualidad en común: la decadencia propia del romanticismo, el horror como algo sublime, la erótica de la sangre y el escalofrío, la sensual belleza de lo prohibido. Por el contrario, la mayor parte del cine de terror de nuestros días parece orientarse más hacia lo sensitivo, al gusto por el susto fácil, al tedioso juego de descubrir al asesino o, directamente, a provocar la náusea gracias a jugosas escenas de vísceras y demás truculencias. Tras la intensísima producción de la Hammer en los años 50 y 60, no han sido muchos los que han continuado cultivando este género, salvo honrosas excepciones. El barroquismo de algunas películas de Tim Burton­ ­—Eduardo Manostijeras, Sleepy Hollow— sin entrar en el campo del terror propiamente dicho, apuntan a este director como uno de los herederos más directos de los Jacques Tourneur y compañía. De todas formas, no cabe descartar un nuevo resurgir de este cine si tenemos en cuenta cierta corriente revival que se viene instalando lentamente en los grandes estudios desde la década pasada. Dependerá, en buena parte, de la producción literaria.

Luis F. Trocóniz





sábado, 13 de abril de 2013

TIM BURTON, VINCENT

TIM BURTON


Es un director de cine, productor, escritor y diseñador estadounidense.
La mayoría de sus películas se han caracterizado por la presencia de mundos imaginarios donde suelen estar presentes elementos góticos y oscuros.
Sus protagonistas suelen ser seres inadaptados y enigmáticos.




Tim Burton está muy influenciado por los efectos especiales de Ray Harryhausen, con su famosa técnica del stop motion, la cual Burton usará ya de adulto en sus películas.


VINCENT

Vincent es el título de un cortometraje realizado por Tim Burton en 1982 mediante la técnica del stop motion y con una estética basada en el terror gótico.


Tim Burton realizó el corto basándose en un poema que él mismo escribió en el que hay varias referencias a obras de Edgar Allan Poe.

Además, el corto es un homenaje a su actor y director de terror favorito, Vincent Price, que presta la voz del narrador que recita el poema en la versión original del mismo que puedes ver y escuchar más abajo.


Vincent Malloy es un niño de siete años que quiere ser Vincent Price y representa un reflejo de la niñez de Burton.


Narrado por el propio Vincent Price, el cortometraje Vincent marcó el inicio de una buena amistad entre el actor y Tim Burton, la cual persistiría hasta la muerte del primero.





¿QUÉ ES UN STOP MOTION?



El stop motion es una técnica de animación basada en la simulación de movimiento de objetos estáticos mediante la toma sucesiva de imágenes o fotografías.

Es una técnica que requiere mucha dedicación ya que requiere un gran esfuerzo y resulta muy costoso realizar simplemente unos segundos de animación.

VINCENT VERSIÓN DOBLADA AL ESPAÑOL

Aquí puedes ver el cortometraje Vincent de Tim Burton es su versión doblada al español.




VINCENT

Vincent Malloy siete años tiene.
siempre cortés, siempre obediente.
Ternura y respeto…lo que le pidáis,
pero sueña con ser todo un Vincent Price.

Vive con su hermanita, su perro y su gatito,
pero a él le gustan más arañas y vampiritos.
Una casa donde pueda inventar muchos horrores,
vagaría solitario por muchos corredores.

Vincent es amable cuando lo visita su tía,
que en estatua de cera con gusto convertiría.
Hace experimentos con su perro Abercrombi
y espera convertirlo en un horrible zombi.

Con su perro zombi a modo de forense
buscarán sus víctimas en la niebla londinense.
No siempre está pensado en horrible asesinato.
También lee y pinta para pasar el rato.

Otros niños leen Robinson Crusoe,
pero Vincent prefiere Edgar Allan Poe.
Una noche estaba leyendo un terrible relato
y encontró unas líneas que lo dejaron helado.

No podía vivir con historia tan cruel
enterraron viva a su bella mujer.
Cavó una tumba…¿Seguro que estaba muerta?
Aunque… ¡Vaya! La tumba era la huerta.

Su madre lo mandó a su cuarto castigado,
Vincent conoció el dolor del condenado.
A cumplir su condena, perspectiva horrorosa,
a solas con la foto de su querida esposa.

Solo y turbado, en su hueco espanto.
Entra su madre, de repente, en su cuarto.
Dice: “Si quieres ya puedes salir a jugar.
Hace un día precioso, te vas a apolillar”

Vincent quiso hablar. Lo intentó, más no pudo.
Tantos años solo lo habían dejado mudo.
Buscó un papel, encontró un lapicero
“Esta casa me puede, no saldé de este agujero”

Dijo su madre: “No estás poseído ni tampoco consumido.
Estos juegos tuyos demasiado lejos han ido"
"No eres Vincent Price sino Vincent Malloy.
Ni lo fuiste ayer, ni lo serás hoy”

“Tienes siete años y eres mi niño bonito,
así que sal a jugar y diviértete un poquito”
Más calmada ella salió por el pasillo
y Vincent se quedó mirándola por el rabillo.

La habitación daba vueltas y se tornaba oscura
según iba aumentando esa horrible locura.
Allí estaba Abercombri , su zombi perro y sirviente.

Su esposa desde la tumba, su voz lo dejó quieto.
Crujían entre mortajas las manos de su esqueleto.
Tantos horrores vividos en sueños y feos ritos
Convirtieron su risa en espantosos gritos.

Huyendo de la locura corrió hacia la salida,
pero cayó al suelo, inerte, como sin vida.
Su voz era tenue, lenta se escuchaba,
mientras que ‘El Cuervo’ de Poe, roncamente recitaba:

“Y mi alma, del fondo 

de esa sombra que flota en el suelo, 
no podrá liberarse 
¡Nunca mas!

Tim Burton

VINCENT VERSIÓN ORIGINAL EN INGLÉS


Aquí puedes ver el cortometraje Vincent, en su versión original, y escuchar a Vincent Price como narrador recitando el poema de Tim Burton.



VINCENT 

Vincent Malloy is seven years old
He’s always polite and does what he’s told
For a boy his age, he’s considerate and nice
But he wants to be just like Vincent Price


He doesn’t mind living with his sister, dog and cats
Though he’d rather share a home with spiders and bats
There he could reflect on the horrors he’s invented
And wander dark hallways, alone and tormented


Vincent is nice when his aunt comes to see him
But imagines dipping her in wax for his wax museum


He likes to experiment on his dog Abercrombie
In the hopes of creating a horrible zombie
So he and his horrible zombie dog
Could go searching for victims in the London fog


His thoughts, though, aren’t only of ghoulish crimes
He likes to paint and read to pass some of the times
While other kids read books like Go, Jane, Go!
Vincent’s favourite author is Edgar Allan Poe


One night, while reading a gruesome tale
He read a passage that made him turn pale
Such horrible news he could not survive
For his beautiful wife had been buried alive!

He dug out her grave to make sure she was dead
Unaware that her grave was his mother’s flower bed
His mother sent Vincent off to his room
He knew he’d been banished to the tower of doom
Where he was sentenced to spend the rest of his life
Alone with the portrait of his beautiful wife


While alone and insane encased in his tomb
Vincent’s mother burst suddenly into the room
She said: “If you want to, you can go out and play
It’s sunny outside, and a beautiful day”


Vincent tried to talk, but he just couldn’t speak
The years of isolation had made him quite weak
So he took out some paper and scrawled with a pen:
“I am possessed by this house, and can never leave it again”

His mother said: “You’re not possessed, and you’re not almost dead
These games that you play are all in your head
You’re not Vincent Price, you’re Vincent Malloy
You’re not tormented or insane, you’re just a young boy
You’re seven years old and you are my son
I want you to get outside and have some real fun.”


Her anger now spent, she walked out through the hall
And while Vincent backed slowly against the wall
The room started to swell, to shiver and creak
His horrid insanity had reached its peak


He saw Abercrombie, his zombie slave
And heard his wife call from beyond the grave
She spoke from her coffin and made ghoulish demands
While, through cracking walls, reached skeleton hands


Every horror in his life that had crept through his dreams
Swept his mad laughter to terrified screams!
To escape the madness, he reached for the door
But fell limp and lifeless down on the floor


His voice was soft and very slow
As he quoted The Raven from Edgar Allan Poe:


“and my soul from out that shadow
that lies floating on the floor
shall be lifted?
Nevermore…”


Tim Burton



















lunes, 25 de marzo de 2013

GUY DE MAUPASSANT, EL HORLA



Retrato de Guy de Maupassant 
por Francois Nicolas Augustin Feyen-Perrin 

GUY DE MAUPASSANT

Autor francés considerado como uno de los grandes maestros del relato breve de la literatura universal.



Se formó literariamente con el escritor Gustave Flaubert y participó desde joven en su círculo literario.

Escribió seis novelas cortas, entre las que destaca Bel Ami. 
Encuadrado en el Naturalismo, su estilo es sencillo y realista, y transmite lo más sórdido y oscuro del comportamiento humano.

Se especializó en la narrativa breve, llegando a publicar más de doscientos cuentos a lo largo de su vida, entre los más conocidos están Bola de sebo y El Horla. 



El 25 de mayo de 1887, cuando el relato de El Horla sale a la calle, Maupassant ya es presa de la inquietud y la melancolía que precedieron a su derrumbamiento mental.

Al final de su vida fue cayendo en una paranoia grave que había desarrollado debido a la sífilis que padeció de joven.

En Maupassant, la necesidad de soledad es claramente maníaca, así como sus alucinaciones, su obsesión por la enfermedad y los microbios; su desconfianza ante los editores, los médicos y los amigos.

Tras intentar suicidarse, fue enviado al centro psiquiátrico del doctor Esprit Blanche, en París, donde falleció.

ARGUMENTO DE EL HORLA

El Horla es uno de los relatos fantásticos más conocidos de Guy de Maupassant. 
El protagonista es un hombre de clase alta que, a raíz de la llegada de un barco procedente de Brasil, comienza a sentir la presencia de un ente, al que él llama El Horla, que es algo así como su doble invisible que empieza a poseerlo, lo cual le conducirá inexorablemente a una espiral de locura.

El personaje principal narra, en primera persona, a manera de un diario, los diversos encuentros con ese ser invisible que, poco a poco, va tomando posesión de su persona.

Esta situación lo lleva a realizar hondas reflexiones acerca de lo desconocido y de aspectos tan comunes como la ansiedad, la incertidumbre, el temor, la debilidad o la soledad.





EL HORLA



Si quieres leer El Horla de Guy de Maupassant, haciendo click en este enlace, puedes hacerlo.


El Horla de Guy de Maupassant

















lunes, 24 de diciembre de 2012

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER, MAESE PÉREZ, EL ORGANISTA



GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
 MAESE PÉREZ, EL ORGANISTA


En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.



Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.



Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.

Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:

-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?

-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.

-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?

-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.

-¿Y el alma del organista?

-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le substituye.

Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

- I -

-¿Veis ése de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora, que después de dejar la suya se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa obscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.

»¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?

»A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.

»Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él sólo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco.

»Mirad, mirad ese grupo de señores graves: ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... ¡Ay vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. Mirad, Mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?

»Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... ¡Y luego dicen que hay justicia! Para los pobres...

»Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la obscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina! ¡vecina! Aquí..., antes que cierren las puertas. Pero, ¡calle! ¿Qué es eso? ¿Aún no ha comenzado cuando lo dejan? ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo...

»La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga la candelilla que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle obscura... Es decir, ¡ellos..., ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran..., y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.

»Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas; verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues, nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo que a tientas..., porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver responde: «Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas». «¿Esperanzas de ver?» «Sí, y muy pronto -añade, sonriéndose como un ángel-; ya cuento setenta y seis años; por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios...»

»¡Pobrecito! Y sí lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de la capilla de la Primada; como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...

»En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle; y no se crea que sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mérito, sino hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano... Y cuando alzan..., cuando alzan, no se siente una mosca...; de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa, vamos adentro...

»Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros».

Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

- II -

La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.

Era la hora de que comenzase la misa.

Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.

-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa.

Ésta fue la respuesta del familiar.

La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería cosa imposible; baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.

En aquel momento un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.

-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queréis yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez es el primer organista del mundo ni a su muerte dejará de usarse ese instrumento por falta de inteligente...

El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.

-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...

A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta todo el mundo volvió la cara.

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.

Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.

-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.

Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa.

En aquel momento sonaban las doce en el reloj de la catedral.

Pasó el introito, y el Evangelio, y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y después de haberla consagrado comienza a elevarla.

Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.

A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.

Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios llegaba al mundo.

Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos a la vez, al confundirse, formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél a quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.

El órgano proseguía sonando, pero sus voces se apagaban gradualmente como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse cuando de pronto sonó un grito de mujer.

El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.

La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.

-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros. Y nadie sabía responder y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

-¿Qué hay?

-Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

- III -

-Buenas noches, mi señora doña Baltasara: ¿también usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece, pues en Dios y en mi ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello es seguro que nuestros nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... Ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o déjase de decir... Sólo que yo, así..., al vuelo..., una palabra de acá, otra de acullá..., sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades... Pues, sí, señor; parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación...; pero así va el mundo...; y digo, no es cosa la gente que acude...; cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes! Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no haya más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aires de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.

Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.

Ya se había dado principio a la ceremonia.

El templo estaba tan brillante como el año anterior.

El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula.

Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.

-Es un truhán, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decían los unos.

-Es un ignorantón, que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez -decían los otros.

Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero y aquél apercibía sus sonajas y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.

Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de incienso, y sonó el órgano.

Una estruendoso algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de metal del órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.

Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo, que sólo la imaginación comprende; himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca...

Cuando el organista bajó de la tribuna la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verle y admirarle que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.

-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron a su presencia-: vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?

-El año que viene -respondió el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.

-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.

-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro-, porque es viejo y malo y no puede expresar todo lo que se quiere.

El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.

-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna después de haber suspendido el auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras..., yo sospecho que aquí hay busilis...

Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.

Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

- IV -

Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaron en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.

-Ya lo veis -decía la superiora-: vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?

-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.

-¡Miedo! ¿De qué?

-No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé arreglar sus registros y templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál... Pero las campanas eran tristísimas y muchas..., muchas...; estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.

La iglesia estaba desierta y obscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., le vi, madre, no lo dudéis, vi un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorría con una mano las teclas del órgano mientras tocaba con la otra a sus registros... y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.

Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora y el hombre aquél proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.

El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes, fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquél había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!

-¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un Paternóster y un Ave María al Arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles. Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.

La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa.

Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez...

La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.

-¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.

Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando..., sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo.

-¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo?... ¡Aquí hay busilis...! Oídlo; qué, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... ¿Y para qué? Para oír una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé, en la catedral, no fue otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... Aquí hay busilis; y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

FIN