sábado, 13 de noviembre de 2010

LORD BYRON, EL CORSARIO




EL CORSARIO 

Nessun maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
nella miseria.
Dante

 
«Del negro abismo de la mar profunda

sobre las pardas ondas turbulentas,

son nuestros pensamientos como él, grandes;

es nuestro corazón libre, cual ellas.

Do blanda brisa halagadora expire,

do gruesas olas espumando inquietas

su furor quiebren en inmóvil roca,

hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa

no medida extensión, de playa a playa,

todo se humilla a nuestra roja enseña.

Lo mismo que en la lucha en el reposo

agitada y feliz nuestra existencia,

hoy en el riesgo, en el festín mañana,

brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.

¿Quién describir pudiera nuestros goces?

¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,

siervo de los deleites, que temblaras

de las montañas de olas en la incierta,

móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,

del hastío sumido en la indolencia,

a quien ya el sueño bienhechor no halaga,

a quien ya los placeres no deleitan.

Sólo el infatigable peregrino

de esos caminos líquidos sin huellas,

cuyo audaz corazón, templado al riesgo,

al sordo rebramar de la tormenta

palpitando arrogante, hasta la fiebre

del delirio frenético en sus venas

sintiese hervir la sangre enardecida,

nuestros rudos placeres comprendiera.

Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,

y sólo por luchar la lucha anhela

el pirata feliz, rey de los mares.



EL CORSARIO, Lord Byron (Fragmento)


TEXTO COMPLETO DE EL CORSARIO
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/13504175323682617444424/index.htm






OSCURIDAD
Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se helaron en una plegaria egoísta por luz;
y vivieron junto a hogueras – y los tronos,
los palacios de los reyes coronados – las chozas,
los hogares de todas las cosas que habitaban,
fueron quemadas en las fogatas; las ciudades se consumieron,
y los hombres se reunieron en torno
a sus ardientes refugios
para verse nuevamente las caras unos a otros;
felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa:
una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
se encendió fuego a los bosques – pero hora tras hora
fueron cayendo y apagándose – y los crujientes troncos
se extinguieron con un estrépito -
y todo fue negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza,
tenían un aspecto no terreno, cuando de pronto
los haces caían sobre ellos; algunos se tendían
y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
sus barbillas en sus manos apretadas, y sonreían;
y otros iban rápido de aquí para allá, y alimentaban
sus pilas funerarias con combustible,
y miraban hacia arriba
con loca inquietud al sordo cielo,
el sudario de un mundo pasado; y entonces otra vez
con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban,
y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
y se enroscaron entre la multitud,
siseando, pero sin picar – y fueron muertas para ser alimento:
y la Guerra, que por un momento se había ido,
se sació otra vez; – una comida se compraba
con sangre, y cada uno se hartó, resentido y solo
atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor;
toda la tierra era un solo pensamiento -
y ese era la muerte,
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
del hambre se instaló en todas las entrañas – hombres
morían, y sus huesos no tenían tumba,
y tampoco su carne;
el magro por el magro fue devorado,
y aún los perros asaltaron a sus amos,
todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
sino que con un gemido piadoso y perpetuo
y un corto grito desolado, lamiendo la mano
que no respondió con una caricia – murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre;
pero dos de una ciudad enorme sobrevivieron,
y eran enemigos; se encontraron junto
a las agonizantes brasas de un altar
donde se había apilado una masa de cosas santas
para un fin impío; hurgaron,
y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
en las débiles cenizas, y sus débiles alientos
soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; entonces levantaron
sus ojos al verla palidecer, y observaron
el aspecto del otro – miraron, y gritaron, y murieron -
De su propio espanto mutuo murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente
la hambruna había escrito Enemigo.
El mundo estaba vacío,
lo populoso y lo poderoso – era una masa,
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida -una masa de muerte – un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
y nada se movía en sus silenciosos abismos;
las naves sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
dormían en el abismo sin un vaivén;
las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la luna;
los vientos se marchitaron en el aire estancado,
y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
de su ayuda – Ella era el universo.