sábado, 28 de febrero de 2015

JAIME SILES, DE VITA PHILOLOGICA


JAIME SILES

El poeta y profesor Jaime Siles, nacido en Valencia en 1951, es un autor fundamental de la segunda mitad del siglo XX y de comienzos del siglo XXI.
Perteneciente a los últimos poetas de la Generación de los Novísimos cuya producción literaria corresponde fundamentalmente a la década de los 70 del siglo XX junto a poetas como Luis Alberto de Cuenca y Luis Antonio de Villena.
Jaime Siles continúa su creación lírica en las Generaciones Post-modernistas que nacen en los años 80 y llegan hasta nuestros días.


DE VITA PHILOLOGICA

La vida me ha hecho lírico -o como otros dicen, egotista- ahogando en mí, gracias a Dios Todopoderoso, a aquel sabio en ciernes. Pero a las veces echo de menos a aquel muchacho de veinticinco años, tan leído, tan erudito, tan científico, tan objetivo -creo que se dice así-, tan cargado de citas y de teorías de otros (Miguel de Unamuno)



Lo que debo al latín son muchas cosas.
Para empezar, mi sensación de lengua,

tan diferente a la ilusión del habla, 
y la idea de que todo lenguaje
es - y es sólo - un acto de pensar: 
un pensamiento erguido sobre un sinfín de ejes, 
tan exactos como sus mecanismos, 
que construye, sobre sonidos puros, 
la arquitectura de una identidad. 
Pero no sólo eso - que es inútil y cierto, 
y cerebral también y hasta pedante - 
sino el recuerdo del resplandor de tardes
en que aquello que el texto me oponía
era un placer semántico que me transfiguraba
como en un limbo de inteligencia pura
en el que la sintaxis de las frases
y las palabras se correspondían
y en el que cada esfuerzo presuponía otro 
y éste entrañaba el placer de encontrar
otra dificultad. 
Yo crecí bajo la sombra de los diccionarios
y creía que el mundo 
era un texto preciso con sintaxis exacta 
que cada tarde había también que analizar. 
Crecí feliz entre un viento de páginas. 
Luego me cambiaron el código
y la clave de cifra 
y me quedé sin nada que leer. 
Soy feliz por instantes, pero 
mi traducción del mundo
resulta cada vez más imperfecta: 
me equivoco en los verbos, 
no acierto con los modos, 
se me borran los tiempos 
e, incluso, me confundo de caso o de flexión. 
Cuando esto ocurre - y me ocurre a menudo - 
recuerdo aquellas tardes de sintaxis perfecta 
y hermenéutica lúcida, 
en que el perímetro del tiempo
eran mis diecisiete años 
y el espacio del mundo, 
sólo mi habitación. 
La lectura de un texto nos hace personajes 
y la vida, también. 
Nuestra vida es un texto al que le faltan páginas 
y las lagunas existentes dejan 
no sólo abierto el blanco de los márgenes 
sino que, hasta en el mismo texto conservado, 
surgen siempre imprevistos vacíos que hay que completar. 
Feliz de aquel que puede
fijar su vida como si fuera un texto, 
desechar disparatadas conjeturas 
y optar por una sola y única lección. 
Yo he perdido mi texto, y la vida me arrastra 
mientras yo la recuerdo como a sus paradigmas 
y al antiguo muchacho que imaginé yo mismo 
y que llegó a llamarse incluso como yo. 
Lo peor de ser joven es que no se distingue 
entre la realidad del ser y su gramática 
y se hace metafísica del detalle más nimio 
y se eleva a sistema el dato más trivial: 
se confunden los ejes de sus dos mecanismos 
y, al intentar cambiarlos, chocamos con los límites 
de nuestro pensamiento y vemos lo perfecto 
de todo raciocinio y lo imperfecto de todo lo real. 
Por eso he amado el río de la lengua 
y he recorrido a pie casi todo su curso 
en un fallido intento de llegar a sus fuentes 
y beber la primera palabra originaria 
por si en ella se oía, sin manchar por el hombre, 
un sonido perdido, algo 
que todavía pudiera valer como verdad. 
Yo no lo escucho, pero sé su existencia. 
De nada sirve todo el conocimiento 
ni la interpretación más sólida o brillante, 
ni la idea más lúcida ni el juicio más feliz. 
De nada sirven, 
cuando se viste sólo de prestado 
o se vive en un alma fiada o de alquiler; 
cuando no hay propiedad sin hipoteca 
y hasta la muerte viene con su factura del agua o de la luz. 
El latín concedía cierta pasión al orden. 
En el orden de ahora la sintaxis funciona
por completo al revés: 
sólo hay pasión allí donde hay desorden, 
y el ritmo de las frases es un anacoluto 
en el que los meandros de la vida 
alteran la consecutio temporum
y la atracción de modos impide 
la exacta percepción de lo real. 
Me gustaría poder abrir sin más el diccionario
de una lengua que careciera de gramática; 
de una lengua cuyos sonidos fueran sólo 
el ritmo de la pausa de una sucesión 
y de la que pudiéramos saber toda la historia, 
su evolución, sus fases, sus etapas ... todo 
salvo el preciso sentido de sus términos: 
una lengua, como nosotros mismos, 
condenada a su forma y a carecer de significación. 
La hermenéutica es una ciencia pía: una 
experiencia casi religiosa, 
cuya praxis consiste en alterar el orden 
de la sintaxis órfica 
y convertir el sentido del mundo 
en un catálogo de frases de liturgia 
y en el ficticio orden de un ritual. 
En el latín... ¡qué seguro era el mundo 
y su belleza exacta 
cómo recomponía el orden que rompe lo real! 
Nada más bello 
que aquellas trampas de la inteligencia 
con puentes levadizos y palancas 
movidas y accionadas por una leve cifra de su vocabulario 
y un sistema muy próximo al del propio pensar. 
¡Qué perfectos los casos y las declinaciones 
y cómo los añoro cada vez que en la vida me siento naufragar! 
Son como mástiles que aguantan la tormenta
y avanzan en la noche a través de la bruma
como un buque fantasma que tuviera velamen 
y no tripulación. 
¡Cómo siento de firme la fuerza de su lengua! 
¡Cómo viene y dirige mi torpe maniobra, 
rectifica mi rumbo y aguanta mi timón! 
El latín es un agua profunda 
que sostiene todas las superficies 
y que crea en los mapas 
la ilusión o certeza de que hay un punto exacto
o alguna idea firme 
o una isla segura 
o la existencia de un lugar 
más allá del lugar 
que se hunde y flota 
al ritmo y al vaivén de las palabras 
y que reaparece cuantas veces
perdemos de vista el horizonte
o el dolor nos borra de los ojos
las figuras que forman 
la ficción o relato de nuestro recorrido 
y nos fija como un punto de amarre 
a una playa lejana que se mueve, 
como la luz dentro de la memoria, 
entre el latido regular de un péndulo 
y la átona música de una muerte perfecta 
cuyas aguas sonaran siempre al mismo compás. 
Eso por consignar sólo la metafísica 
y no los años sórdidos en que viví de él.
No: no es la especialidad 
lo que de su filología me interesa 
sino la vida que hay entre los márgenes 
de un libro hecho de tiempo 
cuya lengua podemos, sin hablarla, leer. 
Ese libro del que todos podemos ser gramática, 
esa lengua que ya sólo se escribe, 
ese tiempo que ya sólo es lugar. 
Feliz de quien no tiene que traducir el mundo 
ni siente necesidad o afán de interpretarlo 
porque sabe que lo que afirma al hombre 
no es el sentido sino la sucesión. 
Vivir consiste sólo en sucederse, 
como un anfibio, en las aguas de un yo terco y fugaz 
que se confunde sólo con su costumbre. 

Jaime Siles