sábado, 2 de mayo de 2015

PETRONIO, EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA


PETRONIO
Gaius Petronius Arbiter o Titus Petronius Niger, Petronio es un escritor latino de principios del siglo I después de Cristo, nacido en Massalia y fallecido  en Cumas hacia el año 66.

Petronio ocupó diversos puestos políticos, entre ellos el de cónsul de Bitinia.

El historiador romano Tácito se refería a él como Arbiter Elegantiae  o árbitro de la elegancia. 

Por su distinción, su buen gusto y su sentido del lujo se le encargó la organización de muchos de los espectáculos de la corte de Nerón que lo consideraba su amigo. 

Siendo acusado de haber participado en una conjura contra el Emperador y perdido el favor de Nerón, este le ordenó permanecer en Cumas donde se suicidó.

Se dice que antes de morir envió al emperador un escrito en el que enumeraba todos los vicios del tirano. 

SATIRICÓN



Petronio es autor de una notable obra de ficción en prosa y verso titulada el Satiricón, de la cual se conservan algunos fragmentos. 

El Satiricón es el primer ejemplo de novela picaresca en la literatura europea, y puede considerarse el modelo de novelas posteriores. 

Estructurada en episodios y repleta de novedosos recursos estilísticos, constituye una descripción satírica de la sociedad romana de la época y de sus relajadas costumbres.

El Satiricón sirvió de inspiración para la película homónima en 1969 del cineasta italiano Federico Fellini.

Por si te apetece conocer algo de este autor, puedes leer este pequeño texto titulado  Epitafio de una perra de caza, que está atribuido a Petronio aunque no pertenece al Satiricón.



EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA
La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos. ¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.
Petronio