Mostrando entradas con la etiqueta Alvaro de Campos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alvaro de Campos. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de febrero de 2014

FERNANDO PESSOA. LOS HETERÓNIMOS




LOS HETERÓNIMOS
Los heterónimos, a diferencia de los pseudónimos son personalidades poéticas completas: identidades, que, en principio falsas, se vuelven verdaderas a través de su manifestación artística propia y diversa del autor original.

Pessoa no escribía "su" propia poesía, sino la poesía de diversos autores ficticios, diferentes en voz, estilo y modos. 

Publicó bajo varios  heterónimos.  
Los más importantes son Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y Ricardo Reis.

Incluso publicó críticas contra sus propias obras firmadas por sus heterónimos.

El poeta portugués crea una obra heteronímica que viene a ser un juego teatral con voces-personajes líricos y con inquietudes existenciales a la vez, tan opuestas como complementarias. 
No sin razón se le ha llamado a Pessoa el poeta dramático o el poeta filósofo.

Los heterónimos que Fernando Pessoa creó son portugueses, ingleses y franceses. Son poetas, cuentistas y ensayistas. La mayoría hombres y entre los femeninos destaca la joven María José.

Pessoa fue todos y cada uno de ellos.





LOS HETERÓNIMOS MÁS DESTACADOS:

ALBERTO CAEIRO
Alberto Caeiro, un poeta sensualista y pagano, es el maestro de Pessoa  y de los demás heterónimos.















Nació en abril de 1889 en Lisboa, pero vivió la mayor parte de su vida en una quinta en el Ribatejo, donde conocería a Álvaro de Campos. 


Su educación se limitó a la instrucción primaria, lo que combina con su simplicidad y naturalidad que reclama para sí mismo. 



Rubio, de ojos azules, estatura media, un poco más bajo que Ricardo Reis, está dotado de una apariencia muy diferente al de los otros heterónimos. También es frágil, aunque no lo aparenta mucho, y murió, tempranamente, de tuberculosis, en 1915. 

El maestro es aquel de cuya biografía menos se ocupa Pessoa.
Su vida eran sus poemas, como dice Ricardo Reis: La vida de Caeiro no puede narrarse pues no hay en ella más que contar. Sus poemas son lo que hubo en su vida. En todo lo demás no hubo incidentes, ni hay historia.




ALVARO DE CAMPOS
Es un ingeniero homosexual de educación inglesa y origen portugués, pero siempre con la sensación de ser un extranjero en cualquier parte del mundo.


El futurista Alvaro de Campos es el autor de Tabaquería, acaso el poema más famoso en lengua portuguesa.

Otros poemas famosos son: 
Lisbon revisited
Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra
Todas las cartas de amor son ridículas
Poema en línea recta


BERNARDO SOARES
Bernardo Soares es el acongojado autor del Libro del Desasosiego, que actualmente muchos especialistas consideran la obra de su vida.

Bernardo Soares es considerado un semi-heterónimo por tener muchas semejanzas con Fernando Pessoa y no poseer una personalidad muy característica ni fecha de fallecimiento.


RICARDO REIS
Médico de profesión y monárquico, por eso, descontento con la situación política, marcha emigrado algunos años a Brasil.
Educado en un colegio de jesuitas, recibió, pués, una formación clásica y latinista.



Fernando Pessoa considera que este heterónimo fue el primero en revelársele aunque no haya sido el primero en iniciar su actividad literaria. 

Domina la forma de los poetas latinos y proclama la disciplima en la construcción poética.

Ricardo Reis es marcado por una profunda simplicidad de la concepción de la vida, por una inmensa serenidad en la aceptación de la relatividad de todas las cosas. 

Es el heterónimo que más se aproxima al creador.
No solo se parece a Pessoa en el aspecto físico: es moreno, de estatura media, anda medio encorvado, es magro y tiene apariencia de judío portugués... también se parece en la manera de ser y en la de pensar. 

Es adepto del Sensacionismo, que hereda del maestro Caeiro, pero lo aproxima al Neoclasicismo.

Para Ricardo Reis las cosas deben ser sentidas, no sólo como son, también de modo que se integren en un cierto ideal de medida y reglas clásicas.

Su forma de expresión la va a buscar a los poetas latinos, de acuerdo a su formación, y afirma, por ejemplo, que debe haber, en el más pequeño poema de un poeta, cualquier cosa donde se note que existió Homero.

Es uno de los heterónimos que  no tiene fecha de fallecimiento.
El Premio Nobel de Literatura José Saramago le dedica una de sus mejores novelas, El año de la muerte de Ricardo Reis.



MARÍA JOSÉ
Fernando Pessoa tiene también heterónimos femeninos, el más conocido es una joven tuberculosa de diecinueve años, María José que escribe una carta de declaración  de amor sin esperanzas.

La Carta de la jorobada para el cerrajero es una desgarrada, ácida y a la vez tierna carta de amor de una joven enferma.



¿QUÉ SON LOS PREHETERÓNIMOS?
Ya en la infancia, el niño Fernando Pessoa era capaz de imaginar personajes que le rodeaban que algunos críticos llaman los preheterónimos.

El primero de ellos, Chevalier de Pas, fue inventado cuando el poeta tenía seis años.

A este le seguirían Alexander Search y su hermano Charles James Search, Charles Robert Annon y David Merrick.
Cuando el joven Fernando Pessoa regresa a Lisboa desde Sudáfrica, los llevará de vuelta con él como compañeros de viaje.





martes, 11 de febrero de 2014

ÁLVARO DE CAMPOS, TODAS LAS CARTAS DE AMOR SON RIDÍCULAS



Fernando Pessoa heterónimo de Álvaro de Campos 
pintado por Bottelho



TODAS LAS CARTAS DE AMOR SON

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mis tiempos cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al final
sólo las criaturas que nunca han escrito
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Quién volviera al tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy
mis recuerdos
de aquellas cartas de amor
son los que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículos). 

Álvaro de Campos
(Heterónimo de Fernando Pessoa)




Carta del rey Enrique VIII a su amante Ana Bolena




miércoles, 5 de febrero de 2014

ÁLVARO DE CAMPOS, TABAQUERÍA




TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.



Álvaro de Campos
(Heterónimo de Fernando Pessoa)









viernes, 27 de diciembre de 2013

ÁLVARO DE CAMPOS, LISBON REVISITED



LISBON REVISITED
(1923) 

No: no quiero nada. 
Ya he dicho que no quiero nada. 

¡No me vengáis con conclusiones! 
La única conclusión es morir. 

¡No me vengáis con estéticas! 
¡No me habléis de moral! 
¡Llevaos de aquí la metafísica! 
¡No me pregonéis sistemas completos, no me pongáis en fila conquistas 
de las ciencias (¡de las ciencias, Dios mío, de las ciencias!), 
de las ciencias, de las artes, de la civilización moderna!

¿En qué he ofendido a todos los dioses? 

¡Si tenéis la verdad, guardáosla! 

Soy un técnico, pero sólo tengo técnica dentro de la técnica. 
Fuera de eso, estoy loco, con todo el derecho a estarlo. 
Con el derecho a estarlo, ¿lo habéis oído? 

¡No me fastidiéis, por amor de Dios! 

¿Me queríais casado, fútil, cotidiano y tributable? 
¿Me queríais todo lo contrario, lo contrario de lo que sea?
Si fuese otra persona, os daría gusto a todos. 
Así, como soy, ¡tenéis que aguantaros! 
¡Idos al diablo sin mí! 
¡O dejadme irme solo al diablo! 
¿Por qué habíamos de irnos juntos? 
¡No me cojáis del brazo! 
¡No me gusta que me cojan del brazo. Quiero ser solo. 
¡Ya he dicho que soy solo! 
¡Ah, qué fastidio querer que sea de compañía! 

¡Oh, cielo azul- el mismo de mi infancia-, 
eterna verdad vacía y perfecta! 
¡Oh ameno Tajo ancestral y mudo, 
pequeña verdad en la que el cielo se refleja! 
¡Oh amargura revisitada, Lisboa de antaño y de hoy! 
Nada me dais, nada que quitáis, nada que yo me sienta sois. 

¡Dejadme en paz! No tardo, que yo nunca tardo... 
¡Y mientras tarda el Abismo y el Silencio quiero estar solo! 



Álvaro de Campos

Heterónimo de Fernando Pessoa



























martes, 26 de noviembre de 2013

ÁLVARO DE CAMPOS, POEMA EN LÍNEA RECTA



POEMA EN LÍNEA RECTA



Nunca he conocido a quien se haya llevado una soba. 
Todos mis conocidos han sido campeones de todo. 

Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces puerco, tantas veces vil, 
yo, tantas veces indiscutiblemente parásito, 
indisculpablemente sucio, 
yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme, 
yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo, 
que he enrollado los pies públicamente en la alfombra de las ceremonias, 
que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante, 
que he sufrido afrentas y me he callado, 
que cuando no me he callado, he sido más ridículo todavía; 
yo, que les he resultado cómico a las camareras del hotel, 
yo, que he visto guiñar los ojos a los mozos de cuerda, 
yo, que he hecho granujadas financieras, pedido prestado sin pagar 
yo, que cuando llegó la hora de las bofetadas, me agaché fuera del alcance de la bofetada; 
yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, 
me doy cuenta de que no tengo par en esto en todo el mundo. 
Todo el mundo que conozco y habla conmigo 
jamás hizo nada ridículo, nunca sufrió una afrenta, 
nunca fue sino príncipe- todos ellos príncipes- en la vida... 


¡Ojalá oyese a alguien la voz humana 
que confesase, no un pecado, sino una infamia; 
que contase, no una violencia, sino una cobardía! 
No, todos son el Ideal, si los escucho y me hablan. 
¿Quién hay en este ancho mundo que me confiese que ha sido vil una vez? 
¡Oh príncipes, hermanos míos, 


coño, estoy harto de semidioses! 
¿Dónde hay gente en el mundo? 

¿Entonces soy yo quien es vil y erróneo en esta tierra? 

Las mujeres podrán no haberlos amado, 
pueden haber sido traicionados, pero ¡ridículos, nunca! 
Y yo, que he sido ridículo sin haber sido traicionado, 
¿cómo puedo hablar yo con mis superiores sin titubear? 
Yo, que he sido vil, literalmente vil, 
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza. 




Álvaro de Campos

(Heterónimo de Fernando Pessoa)



POEMA EM LINHA RETA

Escucha recitar en portugués un fragmento dePoema em linha reta  en este maravilloso vídeo:






sábado, 24 de noviembre de 2012

ÁLVARO DE CAMPOS, AL VOLANTE DEL CHEVROLET POR LA CARRETERA DE SINTRA




















Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,

a la luz de la luna y al sueño, en la carretera desierta,

conduzco solo, conduzco casi despacio, y un poco

me parece, o me fuerzo un poco para que me parezca,

que voy por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,

que voy sin haber Lisboa dejada o Sintra a la que llegar,

que voy, ¿y qué más habrá en ir sino no pararse pero ir?


Voy a pasar la noche a Sintra porque no puedo pasarla en Lisboa,

pero, cuando llegue a Sintra, me dará pena no haberme quedado en Lisboa.

Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia,

siempre, siempre, siempre,

esta angustia excesiva del espíritu por nada,

en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida…


Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,

corre debajo de mí conmigo el automóvil que me han prestado.

Me sonrío del símbolo, cuando pienso en él, y al virar a la derecha.

¡En cuántas cosas que me han prestado voy por el mundo!

¡Cuántas cosas que me han prestado guío como mías!

¡Cuanto me han prestado, ay de mí, soy yo mismo!


A la izquierda la casucha -sí, la casucha- al borde la carretera.

A la derecha, el campo abierto, con la luna a lo lejos.

El automóvil, que parecía hace poco proporcionarme libertad,

es ahora algo en lo que estoy encerrado,

que sólo puedo conducir si estoy encerrado en ello,

que sólo domino si me incluyo en ello, si ello me incluye a mí.




A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta, más que modesta.

La vida allí debe ser feliz, sólo porque no es la mía.

si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha, soñará: ¡Ése sí que es feliz!

Tal vez para el niño que miraba por los cristales de la ventana del piso de arriba

me he convertido (con el automóvil prestado) en un sueño, en una hada real.

Tal vez para la muchacha que ha mirado, al oír el motor, por la ventana de la cocina

del piso bajo,

tengo algo de príncipe de todos los corazones de muchacha,

y me habría mirado de soslayo, a través de los cristales, hasta la curva en la que me he perdido

¿Dejaré sueños detrás de mí o es el automóvil el que los deja?

¿Yo, el conductor de un automóvil prestado, o el automóvil prestado que guío?


En la carretera de Sintra, a la luz de la luna, en la tristeza, ante los campos y la noche,

guiando desconsoladamente el Chevrolet prestado,

me pierdo en la carretera futura, desaparezco en la distancia que alcanzo,

y, con un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, acelero…

Pero mi corazón se ha quedado en el montón de piedras, del que me he desviado al verlo sin verlo,

a la puerta de la casucha,

mi corazón vacío,

mi corazón insatisfecho,

mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.


En la carretera de Sintra, cerca de medianoche, a la luz de la luna, al volante,

en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,

en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,

en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…










Álvaro de Campos
(Heterónimo de Fernando Pessoa)