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lunes, 18 de marzo de 2013

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER, EL MONTE DE LAS ÁNIMAS


GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER


Escritor español quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura.



En 1854 se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no le sonrió. 

Para poder vivir hubo de dedicarse al periodismo y hacer adaptaciones de obras de teatro extranjero.



RIMAS Y LEYENDAS


La inmensa fama literaria de Bécquer se basa en sus Rimas, que iniciaron la corriente romántica de poesía intimista
Su prosa destaca, al igual que su poesía, por la gran musicalidad y la sencillez de la expresión, cargada de sensibilidad.



Sus Leyendas siguen la inspiración de Hoffmann y Poe y recrean ambientes fantásticos y envueltos en una atmósfera sobrenatural y misteriosa. 



Destacan por ese ambiente de irrealidad, de misterio, situado siempre sobre un plano real que resulta deformado. 



El monte de las ánimas, en la que el mismo lugar de un paseo amoroso se transforma en el escenario del horror fantasmal y en la que el terror llega hasta la alcoba mejor defendida y adornada

Y por si quieres conocer mejor la obra de Gustavo Adolfo Bécquer, aquí puedes leer completa la famosa Leyenda de El monte de las ánimas.



EL MONTE DE LAS ÁNIMAS



La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.



Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.



Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.



Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.


I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.








-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.





II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.


-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé.... en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.



Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!







Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.



Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.







Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.










El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.











sábado, 29 de octubre de 2011

LA NOCHE DE TODOS LOS SANTOS O NOS GALAN-GAEAF

LA NOCHE DE TODOS LOS SANTOS O NOS GALAN-GAEAF
La noche del 31 de octubre era la festividad principal, de los celtas. 
Era el momento en que los druidas recogían las bayas del muérdago depositado en los troncos y en las ramas de las encinas y robles.
Esta noche era conocida como Nos Galan-gaeaf, noche de las calendas de invierno, ya que el año celta se dividía en dos estaciones, la de invierno y la de verano.

En la víspera del primero de noviembre se encendían hogueras y a esta fiesta acudían todos los miembros del poblado y se celebraba una asamblea en la que intervenían tanto los hombres como las mujeres.

Druidas cortando el muérdago en el sexto día de la luna 
por Henri Paul Motte


Se sacrificaban animales con el fin de aprovisionarse para el invierno y era una de las pocas ocasiones en que los druidas tenían autorización para comer carne de cerdo y beber vino en abundancia. 

Todos encendían velas y el sentimiento de proximidad con los difuntos era tal que cualquier ser vivo podía descender con ellos al mundo inferior.

La creencia generalizada era que en la noche del 31 de octubre los muertos entraban en comunicación con los vivos en una especie de confusión cósmica, lo que ha generado multitud de leyendas al respecto.

LA  NOCHE DE TODOS LOS SANTOS EN ASTURIAS
Todos los Santos por Fra Angelico

La iglesia católica cristianizó todas estas tradiciones en Asturias.
La Nueche de Tolos Santos es la víspera al 1 de noviembre: tras la puesta de sol, las fronteras que separan el mundo de los vivos del de los muertos se difuminan, y nos vemos invadidos por las almas de los antepasados y por los espíritus infernales de la noche.

EL AMAGÜESTU DE DIFUNTOS
En la vigilia de Tolos Santos se celebraba el Amagüestu de difuntos, que es la recogida y asado de las castañas en el campo, junto a una hoguera. 

Todos los miembros de la familia se sentaban alrededor de la lumbre y tras acabar, las castañas que sobraban se tiraban al suelo diciendo ¡Esto ye pa que coman los difuntos!


LA RONDA DE LAS ÁNIMAS BENDITAS
Tras la cena, llegaba la llamada Ronda de las ánimas benditas, que consistía en dedicarle a cada una un padrenuestro.
Los asturianos del ámbito rural eran muy respetuosos con las almas de los antepasados, y así, en el aniversario de la muerte de una persona, se celebraba un banquete en su honor, en el cual se dejaba un sitio vacío, reservado para el difunto. 

LOS DIFUNTOS JUNTO AL LLAR
En la Noche de Difuntos se pensaba que las almas salían del Más Allá y volvían por un momento al mundo de los vivos, a rememorar tiempos pasados. 
Se creía que se sentaban junto al fuego del hogar o llar y comenzaban a conversar entre ellos. 

Había que procurar que la llama del llar no fuera muy fuerte, pues de lo contrario les podría alcanzar, y no se debían dejar puestas las trébedes, pues los difuntos podrían sentarse en ellas y quemarse. 

OTRAS TRADICIONES DE ESTA NOCHE
Por la noche tampoco se había de barrer, pues con ello se expulsaba a los difuntos de la casa, ni tampoco cerrar las puertas bruscamente, no fuera a ser que lastimásemos a algún ánima que pasase por allí. 
Además, los campesinos dejaban a sus difuntos su cama para que éstos se acostasen en ella, y llenaban todos los calderos y ferradas de agua, para que los muertos pudieran beber cuando pasasen junto a ellas.

LAS LAMPARILLAS DE LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO
Esta misma noche se encendían pequeñas lamparillas, sobre cazuelas de aceite.
Cada una de ellas lucía por el ánima de un difunto. 
La primera lamparilla que se apagaba indicaba que el alma por la cual se ha encendido acaba de salir del Purgatorio. 
Si este muerto no necesitaba esta luz por estar ya en el cielo o en el infierno, la lamparilla ardía por el alma más necesitada de las demás.

LAS CALABAZAS
Por los caminos rurales o caleyas también deambulaban los difuntos y mucha gente colocaba en los huertos, en los cruces de caminos y en los montes calabazas huecas e iluminadas con una cara recortada, que representaban el alma de un muerto.

LA GÜESTIA
La noche de difuntos tiene, como principal protagonista, a la procesión de la Güestia.
También la llaman la Estantigua o Hueste Antigua, la Buena Xente o la Santa Compaña y son las almas en pena envueltas en sudarios que recorren los caminos en fila durante la noche llevan un hueso humano encendido y cuya visión hay que evitar para no pasar a formar parte de ella.

Estas procesiones salen de los cementerios para ir a visitar a las personas próximas a morir, mientras caminan van tocando una campanilla y cantando una salmodia ininteligible.
Quien se encuentre con la Güestia y no tenga sitio dónde ocultarse, ha de trazar un círculo en el suelo con una cruz e introducirse en él. Este círculo es siempre respetado por la nocturna comitiva.

En Asturias se cuenta que, cuando alguien la ve pasar, es que al año siguiente le tocará el turno de formar parte de la procesión, que va recogiendo a aquellos a quien la muerte determina que les ha llegado la hora. 



LA RAMA DE TEXU
En la mañana siguiente, las familias iban al cementerio a visitar a sus parientes difuntos, a los cuales ofrecían una rama de texu, el árbol sagrado de los celtas, que les serviría para regresar al Más Allá. 
Además, en muchas partes de Asturias, los campesinos no trabajaban la tierra este día, por respeto y reverencia a los difuntos.

LOS NIÑOS Y LOS DULCES
Antiguamente en Asturias, en esa noche, también los niños iban pidiendo comida, especialmente dulces, por las casas.

Sin embargo esta costumbre desapareció al ser prohibida por la Iglesia católica en el siglo XVIII.

LA GASTRONOMÍA


En Asturias en estas fechas se hacen los dulces del otoño, Frisuelos, Buñuelos de viento,Torrijas, Teresitas de sartén, de crema o de nuez, Huesos de Santo y Manzanas y Peras asadas o en compota...

RECETA DE LOS HUESOS DE SANTO

INGREDIENTES PARA CUATRO PERSONAS:

  • Ingredientes: Para el mazapán:
  • 200 grs. de azúcar
  • 100 gramos agua
  • 150 gramos de almendra molida 
  • Para el dulce de yema:
  • 100 grs. de azúcar
  • 50 gramos de agua
  • 4 yemas de huevo

ELABORACIÓN:


El mazapán: 
Hacer en el fuego almíbar fuerte con el azúcar y agua. 
Añadir la almendra y revolver fuertemente hasta formar una pasta. 
Dejar enfriar mientras se confecciona el dulce de yema. 


El dulce de yema: 
En el fuego hacer almíbar fuerte con el azúcar y agua. 
Batir las yemas solas y añadir a chorrito el almíbar mientras se revuelve. (Se puede hacer con la batidora).
Echarlo de nuevo en la cazuela donde se ha hecho el almíbar y ponerlo al baño María, revolviendo hasta que espese mucho. 
Tener cuidado de que no hierva, ya que se puede cortar la crema. 
Dejar enfriar.

MONTAJE DE LOS HUESOS: 

Amasar el mazapán y estirarlo con el rollo de cocina, en una superficie espolvoreada con azúcar glas.
Cortar tiras de 4 centímetros. Y luego estas en cuadrados.
Enrollar cada cuadrado en un palito de un centímetro de diámetro. Pegar la masa con los dedos para formar unos pequeños cilindros y pasarlas por azúcar glas. Sacar del palo, dejar secar y rellenar con el dulce de yema.


sábado, 6 de noviembre de 2010

JOSÉ ZORRILLA, DON JUAN TENORIO


JOSÉ ZORRILLA
Poeta y dramaturgo español, nacido el 21 de febrero de 1817 en Valladolid. 
Es uno de los  principales representantes del Romanticismo español. 
Cursó estudios en las universidades de Toledo y Valladolid. Se dio a conocer en el entierro de Mariano José de Larra donde leyó como homenaje: A la memoria del joven literato don Mariano José Larra.
Esta lectura le dio gran popularidad. 
A pesar de gozar del éxito, no consiguió salir de la ruina por su afición a gastar y derrochar. 

Fue nombrado miembro de la Real Academia Española, cuando contaba contaba 31 años de edad y leyó su discursó de investidura en verso. 
En el año 1850 viaja a Francia y en 1855 a México. 
En México fue nombrado director del Teatro Nacional por el emperador Maximiliano. 
Cuando regresó a España, en 1866, comprobó que pese a la extraordinaria fama de su obra no podía cobrar derechos de autor. 
Vivió en la pobreza hasta que recibió una pensión del Gobierno. 
En el año 1889 fue coronado como poeta laureado de España en Granada por el duque de Rivas en presencia de la reina regente Isabel II.  
Falleció en Madrid el 23 de enero de 1893.


OBRAS DE ZORRILLA
Fue el autor de Cantos del trovador, del poema Granada, de las obras teatrales El zapatero y el rey, Don Juan Tenorio, Traidor, inconfeso y mártir y El puñal del godo. 



EL 1 DE NOVIEMBRE Y DON JUAN TENORIO
Don Juan Tenorio es quizá la única pieza dramática conocida por todos los españoles, suele reponerse tradicionalmente todos los años el 1º de noviembre.


Aquí puedes leer unas conocidas escenas de la famosa obra de José Zorrilla:

ESCENA XII (PRIMERA PARTE - ACTO I)

FRAGMENTO: DON JUAN RELATA SU HISTORIA

DON JUAN 


Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba;
y a cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie, que le ataje;
Y a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hay escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo ocasión ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió
mantenido está por él.



ESCENA III (PRIMERA PARTE - ACTO IV)

FRAGMENTO: DOÑA INÉS ENAMORADA DE DON JUAN


DOÑA INÉS

Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!, 
que no podré resistir 
mucho tiempo sin morir 
tan nunca sentido afán. 
¡Ah! Callad por compasión, 
que oyéndoos me parece 
que mi cerebro enloquece 
y se arde mi corazón. 
¡Ah! Me habéis dado a beber 
un filtro infernal sin duda, 
que a rendiros os ayuda 
la virtud de la mujer. 
Tal vez poseéis, don Juan, 
un misterioso amuleto 
que a vos me atrae en secreto 
como irresistible imán. 
Tal vez Satán puso en vos 
su vista fascinadora, 
su palabra seductora 
y el amor que negó a Dios. 
¿Y que he de hacer, ¡ay de mí!, 
sino caer en vuestros brazos, 
si el corazón en pedazos 
me vais robando de aquí? 
No, don Juan, en poder mío 
resistirte no está ya; 
yo voy a ti como va 
sorbido al mar ese río. 
Tu presencia me enajena, 
tus palabras me alucinan, 
y tus ojos me fascinan, 
y tu aliento me envenena. 
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro 
de tu hidalga compasión: 
o arráncame el corazón, 
o ámame, porque te adoro. 


JOSÉ ZORRILLA


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