Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de mayo de 2014

MARÍA MOLINER, DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL

MARÍA MOLINER
María Juana Moliner fue una bibliotecónoma, filóloga y lexicógrafa española nacida en 1900 en Paniza, Zaragoza, en una familia de clase media formada por un médico rural y su esposa.

Cuando María tenía doce años, su padre se marchó a Argentina y no regresó jamás. 

María Moliner, su madre y sus hermanos Matilde y Enrique vivieron entonces con muchas dificultades.

La joven María, apasionada por el latín y gran lectora, empezó a dar clases, y asumió la tarea de sacar a los suyos adelante.

Los hermanos Moliner estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza, donde don Américo Castro fue quien inició el interés por la lingüística y por la gramática en la pequeña María.

María con dieciocho años terminó el Bachillerato en Zaragoza e ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras, convirtiéndose así en una de las pocas mujeres universitarias de principios del siglo XX. 







Obtuvo su licenciatura en Historia con sobresaliente y premio extraordinario en 1921. 

Con veintidós años ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, donde trabajó hasta su jubilación en 1970. 

Obtuvo su primer destino el Archivo de Simancas, en Valladolid para enseguida trasladarse al Archivo de la Delegación de Hacienda de Murcia. 


En esta ciudad conoce al que será su marido el catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando, con el que tendrá cuatro hijos.



María Moliner y su esposo, Fernando Ramón, el día de su boda.


A principios de los años treinta, la familia se traslada a Valencia.

La etapa valenciana es el período de mayor actividad vital de María Moliner.

A las labores domésticas y a la vida profesional une la participación en las empresas culturales que nacen con el espíritu de la II República.



Colaboró con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas de la República, se ocupó de la organización de las Bibliotecas Populares a la manera de la Biblioteca Circulante de Castropol y durante la Guerra Civil dirigió la Biblioteca Universitaria de Valencia.




Biblioteca Circulante de Castropol en Asturias



Al término de la Guerra Civil ella y su esposo sufren represalias políticas.  

En 1946 pasará a dirigir la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid hasta su jubilación, en 1970.

En esta etapa de su vida, criados ya sus hijos y separada físicamente de su marido una buena parte de la semana, María Moliner encontrará el tiempo para dedicarse a su interés intelectual más profundo: la pasión por las palabras. 

Será entonces cuando comience, hacia 1950,  el Diccionario de uso del español.





















Doña María Moliner trabajando en el comedor de su casa.

Y lo hizo sin más herramientas que unas cuartillas que, divididas en cuatro, convertía en fichas, una máquina de escribir portátil y dos atriles.
Doña María, sentada en el comedor de su casa comenzó a escribir las primeras palabras con sus recomendaciones de uso.
Esta tarea la repitió miles de veces y cada día invertía más y más horas.

"En dos años termino" decía e invirtió en la obra más de quince años hasta que en 1966 la Editorial Gredos publicó su primer tomo, sacando a la venta el segundo al año siguiente. 
Doña María Moliner con sus nietos en la primavera de 1966

Desde el momento de la publicación, María Moliner empezó a trabajar en la actualización de su diccionario, que no llegó a poder completar debido a su enfermedad y posterior fallecimiento en 1981.


DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL


El DUE o Diccionario del Uso del Español es una obra de referencia obligada, sobre todo, para estudiantes, escritores, periodistas y traductores.

Dámaso Alonso fue el primero en valorar la obra al llevar lo que solo eran unas fichas realizadas con gran rigor a la Editorial Gredos.


Del diccionario de doña María Moliner se dijo que era muy superior al de la Real Academia Española ya que contenía definiciones, mucho más precisas y ricas.

Además era un diccionario que recogía sinónimos, expresiones y frases hechas, familias de palabras... 

Entre otros avances, anticipó la ordenación de la Ll en la L, y de Ch en la C.
Como novedad incluyó el nombre científico de animales y plantas.

También agregó gran información sobre cuestiones de gramática y sintaxis con numerosos ejemplos. 






Fue publicado por la Editorial Gredos entre los años 1966 y 1967 en dos volúmenes. 



Esta obra conoció, en esa primera edición, veinte reimpresiones.



Ha sido editada en CD-ROM en el año 1995 y reeditada en una segunda edición, revisada y aumentada en 1998.







La tercera revisión fue editada en septiembre del 2007 y consta de dos tomos.


Desde entonces se han publicado constantes revisiones y selecciones, algunas no exentas de polémica, de la obra de María Moliner así como de sus anexos de Gramática y Ortografía.




María Moliner explicaba así su trabajo que finalmente le llevaría más de quince años:
"La autora ha dedicado cuatro años al trabajo paciente pero, a la vez, fascinante, de desmenuzar entre sus dedos el tesoro devotamente guardado en el arca oliente a siglos del Diccionario de la Academia. Ha dejado intacto en el arca lo que es arcaico y, el resto, lo que es riqueza operante, lo ha ventilado y organizado en un despliegue pensado para que ninguna pieza pueda ser inadvertida y cada una se avalore con sus vecinas."



MARÍA MOLINER Y LA RAE











Salón de actos de la Real Academia Española 




María Moliner en 1972 fue propuesta como candidata a ocupar el sillón B en la Real Academia Española por los académicos Rafael Lapesa,  Pedro Laín Entralgo y Carlos Martínez-Campos, duque de la Torre. 



Su candidatura fue apoyada por algunas escritoras como Carmen Conde, Carmen Llorca, Josefina Carabias y Carmen Bravo-Villasante, sin embargo, finalmente no fue elegida. 



El asunto obtuvo mucha cobertura en prensa, ya que de haber obtenido el sillón, se habría convertido en la primera mujer académica en los doscientos años de historia de la Real Academia.



Su condición de mujer y el hecho de que no fuera una filóloga de carrera influyeron en el rechazo de su candidatura. 


Según Gabriel García Márquez ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo», dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».



ALGUNAS OPINIONES SOBRE MARÍA MOLINER


De María Moliner dijo el Premio Nobel Gabriel García Márquez: "Hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana".

Otro Premio Nobel y académico, Camilo José Cela, criticaba en María Moliner su "ñoño criterio lexicográfico" por el reparo de Moliner de incluir palabras malsonantes en el DUE.


Para el novelista y miembro de la Real Academia Española Miguel Delibes "El Diccionario es una obra que justifica toda una vida."

Colin Smith, célebre hispanista y lexicógrafo inglés de la Universidad de Cambridge, lo calificó como "Un gran diccionario; el mejor en su género que conozco."






Manuscrito de María Moliner sobre la idea inicial de su Diccionario.



SI QUIERES SABER MÁS SOBRE MARÍA MOLINER:

Aquí tienes los enlaces a algunos lugares de los que se ha tomado información sobre doña María Moliner y un vídeo sobre ella.


http://cvc.cervantes.es/lengua/mmoliner/biografia.htm

http://cvc.cervantes.es/LENGUA/mmoliner/default.htm

http://www.dendramedica.es/revista/v12n1/Maria_Moliner_Retrato_intimo_de_una_heroina.pdf





Texto mecanografíado por María Moliner para la presentación de su DUE.






miércoles, 23 de abril de 2014

ELENA PONIATOWSKA AMOR, DISCURSO DEL PREMIO CERVANTES 2013


ELENA PONIATOWSKA AMOR
La periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska Amor galardonada con el Premio Cervantes 2013.

Poniatowska es la cuarta mujer que lo consigue después de las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).



El Jurado, presidido por el presidente de la Real Academia Española (RAE), José Manuel Blecua, ha destacado su "brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa, y su dedicación ejemplar al periodismo".
"Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen al siglo XX, desde una proyección internacional e integradora", ha resaltado el Jurado, para después añadir que "Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español estos días".


DISCURSO COMPLETO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO CERVANTES 2013




Tras escuchar el discurso Elena Poniatowska Amor de aceptación del Premio Cervantes 2013, aquí puedes leer el texto completo.




TEXTO DEL DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO CERVANTES 2013


Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.



Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.


Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.

La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.

A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.

María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.

Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato”.

Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema Primero sueño. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.

Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela- testimonio Hasta no verte Jesús mío, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el “Marqués de Comillas”, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.

Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”

Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”

Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.

Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por descubrir”. En Francia, los jardines son un
pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.

Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: “Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren”.

Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.

La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.

Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.

“¿Quien anda ahí?” “Nadie”, consignó Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Muchos mexicanos se ningunean. “No hay nadie” —contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”. No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: “Pues póngame nomás Juan”, no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado “La Bestia” con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.

En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una Homérica Latina en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en “angelitos santos”, la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: “Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más”. Habría sido mejor que dijera “un limpiabotas venido a menos”. Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.

Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.

Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.

A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó: —Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?

Paula le dijo su edad y Luna insistió:

—¿Antes o después de Cristo?

Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el “Excélsior”, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.

En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.


Muchas gracias por escuchar.



Elena Poniatowska Amor

Discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013


LEE UN RELATO DE ELENA PONIATOWSKA
Si quieres conocer algo más de Elena Poniatowska Amor, aquí tienes un breve relato:






martes, 3 de diciembre de 2013

LA MUJER GRIEGA




ARISTÓTELES 
En su Política, III, 1,  definió la ciudadanía como la posibilidad de participar en el poder político.

La mujer constituía, así, el sector social más alejado de la posibilidad de participar en él, por cuanto que, a diferencia de los metecos y los esclavos, no podía convertirse nunca en ciudadana.


LA FAMILIA GRIEGA
La familia era una institución básica en la antigua Atenas.
Estaba formada por el esposo, la esposa y los hijos, aunque también consideraban como parte de la familia a otros parientes dependientes y a los esclavos, por razón de su unidad económica. 
Niño enfermo en el templo de Esculapio, Waterhouse

La función principal de la familia era la de engendrar nuevos ciudadanos. 
Las estrictas leyes del siglo y estipulaban que un ciudadano debería ser producto de un matrimonio, reconocido legalmente, entre dos ciudadanos atenienses, cuyos padres también fueran ciudadanos. 


La fórmula del matrimonio que los atenienses utilizaban, para expresarlo de manera sucinta: "Te entrego esta mujer para la procreación de hijos legítimos" 

Por ley, la propiedad se dividía al azar entre los hijos sobrevivientes; como resultado, se buscaba que los matrimonios se realizaran entre un círculo cerrado de parientes, con el fin de preservar la propiedad familiar. 
La familia también ejercía la función de proteger y enclaustrar a las mujeres. 




LAS MUJERES GRIEGAS



Las mujeres podían participar en la mayor parte de las festividades y cultos religiosos, pero eran excluidas de otros actos públicos. 

No podían tener propiedades, excepto sus artículos personales.


Siempre tenían un guardián varón: si era soltera, su padre o un pariente varón; si estaba casada, su marido; si era viuda, alguno de sus hijos o un pariente varón. 
La función de la mujer ateniense como esposa, estaba bien definida. Su principal obligación era mantener a los niños, sobre todo varones, que preservarían el linaje familiar. 

En segundo lugar, una mujer debería cuidar a su familia y su casa, ya sea que hiciera ella el trabajo doméstico, o que supervisara a los esclavos, que realmente hacían el trabajo. 


Lavado de ropa Museo del Louvre

A las mujeres se las tenía bajo un estricto control. 
Hilaban, cosían, confecionaban y lavaban la ropa y se encargaban además de bañar y  ungir a los hombres.


Mujer griega hilando en su hogar

Debido a que se casaban a los catorce o quince años, se les enseñaban sus responsabilidades desde temprana edad.


Una amateur por John William Godward

Aunque muchas de ellas se las arreglaban para aprender a leer y a tocar instrumentos musicales, a menudo se las excluía de la educación formal.

Se esperaba que una mujer permaneciera en su casa, lejos de la vista, con excepción de su presencia en los funerales o en los festivales, como el festival de las mujeres de Tesmoforia. 


Una melodía, Godward


Si se quedaban en casa, debían estar acompañadas.
En el hogar permanecían en el gineceo que era la parte de la casa situada en el piso superior o en la parte posterior  en torno a un patio destinada a la esposa, las hijas y las sirvientes.
Los varones disponían de un salón propio denominado andrón para reunirse con sus amigos o celebrar simposios.

Diversión inocente por Godward



La dependencia del marido era tal que podía amonestarla, repudiarla o matarla en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado. 


Las mujeres de menor rango social tenían una vida más agradable ya que podían salir de sus casas sin ningún inconveniente.


Vendedora de fruta  por John William Godward

Podían acudir al mercado a vender o a comprar o a por agua a las fuentes públicas e incluso regentar algún negocio. 
En la fuente por John William  Godward


Al no existir presiones económicas ni sociales, los matrimonios apenas estaban concertados, siendo difícil la existencia de dotes. 
Si es cierto que numerosas niñas eran abandonadas por sus padres ya que se consideraban auténticas cargas para la familia.


LAS MUJERES EN ATENAS
En Atenas, las mujeres servían a los hombres de otras formas. 


La prostitución (tanto masculina como femenina) floreció en la Atenas clásica. La mayor parte de las prostitutas eran esclavas en los burdeles administrados como un negocio o un comercio por ciudadanos atenienses. 


Así las prostitutas se maquillaban de manera ligeramente escandalosa con vistosos coloretes, utilizaban zapatos que elevasen su altura, se teñían el cabello de rubio y utilizaban todo tipo de postizos y pelucas.
También se depilaban, utilizando navajas de afeitar, cremas u otros útiles. 
Mientras las mujeres atenienses se vestían con túnicas de lino o lana que ocultasen sus formas a los hombres, las prostitutas o las hetairas llevaban vestidos transparentes de colores llamativos como el color azafranado.
Amarilis por Godward


Estas modas serán rápidamente adaptadas por las demás mujeres, provocando continuas equivocaciones según nos cuentan algunos cronistas.


LAS HETAIRAS
Otra clase de prostitutas ocupaba una posición más favorable en la sociedad ateniense; estas cortesanas más refinadas eran conocidas con el nombre de hetairas, que literalmente quiere decir "acompañantes femeninas".


Alcibíades con las hetairas por Félix Auvray , 1833



Estas mujeres, que solían ser ex-esclavas extranjeras, eran más refinadas que las prostitutas habituales y eran famosas por sus logros musicales e intelectuales, así como por sus atributos físicos. 






Los atenienses varones conservaban la aristocrática costumbre de los simposios que eran fiestas refinadas donde se bebía y en las que con frecuencia solían estar presentes las hetairas.

A los simposios, no asistían las esposas.
Los varones disponían de un salón propio denominado andrón para reunirse con sus amigos o celebrar simposios.

El simposio de Platón por Giambattista Gigola c. 1790



Los simposios se llevaban a cabo en comedores exclusivos para hombres, en los que no estaban presentes las esposas.


Fresco representando un simposio


Las hetairas bailaban, tocaban instrumentos musicales y brindaban entretenimiento, incluidas las relaciones sexuales. El precio solía rondar el óbolo, la sexta parte de la dracma de plata. 

Estos establecimientos incluían en sus servicios masajes, baños y comida, la mayoría de carácter afrodisiaco. 

Para atraer al público, las mujeres solían vestir atuendos llamativos y llevar el cabello más largo que las atenienses, incluso algunas caminaban con un seno descubierto. 

Aspasia pintada por Marie Bouliard

Algunas hetairas llegaron a amasar fortunas considerables y a tener un gran renombre.
Entre las más famosas destacan Aspasia, Tais y Friné.


DEMÓSTENES
El célebre orador ateniense Demóstenes clasifica así a las mujeres griegas:
Demóstenes practicando oratoria por Jean Lecomte du Nouÿ

Tenemos  a las hetairas para el placer,a las criadas para proporcionarnos los cuidados  corporales diarios y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean las guardianas fieles de nuestra casa...











LA HOMOSEXUALIDAD
La homosexualidad masculina también fue una característica sobresaliente de la Atenas clásica. 
Se practicaba de manera generalizada y, ciertamente, era tolerada. 
La ley ateniense privaba de sus derechos ciudadanos a un ateniense que hubiese prostituido su cuerpo con otro hombre; pero no se molestaba en absoluto a los hombres que sostenían una relación homosexual con proxenetas o con otros hombres adultos, fuera ésta amorosa o por placer. 


La ley no eliminaba la prostitución masculina, pero, al actuar así, aseguraba que los proxenetas fueran extranjeros, y no ciudadanos atenienses. 
El ideal de la homosexualidad griega consistía en una relación entre un hombre maduro y un joven. 
Es muy probable que éste fuese un ideal aristócrata. 
Si bien la relación solía ser física, los griegos también la consideraban educativa. El hombre mayor se ganaba el amor de su pupilo gracias a su valía como maestro y por la devoción que demostraba en su educación. 
En cierto sentido, esta relación amorosa se concebía como una forma de iniciación de los jóvenes al mundo masculino de la dominación política y militar. 
Los griegos no juzgaban que la coexistencia de las preferencias heterosexuales y homosexuales creara problemas especiales a los individuos o a la sociedad.



Civilizaciones de Occidente Tomo A de Jackson Spialvogel