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sábado, 23 de abril de 2016

FERNANDO DEL PASO, NOTICIAS DEL IMPERIO


FERNANDO DEL PASO, PREMIO CERVANTES 2015
Fernando del Paso Morante, escritor, dibujante, pintor, académico y periodista mexicano, es el ganador del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2015.
Fernando del Paso cultiva además de la novela, la poesía, el teatro y el ensayo, entre otros géneros.

Se le considera el último gran escritor que queda en México del Boom hispanoamericano.

El artista mexicano es un zurdo corregido que escribe con la derecha pero pinta y dibuja con la izquierda. 

Él mismo lo explica así:

“Toda mi vida ha continuado la riña entre mi mano izquierda y mi mano derecha. Ninguna de las dos triunfó y esto ha significado para mí un conflicto muy profundo. Sin embargo, mi mano derecha se ha impuesto, no sé si soy escritor, pero sé que no soy pintor, nunca he dejado de escribir para dibujar y siempre he dejado de dibujar para escribir”.



En su discurso de aceptación del Premio Cervantes el galardonado denunció la situación de su país natal.
Fiel a su estilo, Fernando del Paso acudió al acto con una corbata con los colores de la bandera de España  y comentó su relación con el español desde el momento de su nacimiento:
"Lloré un poco y ¡oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano, cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano."



Fernando del Paso  que cuida mucho su imagen y viste con una estética vibrante y colorida, generalmente adorna su indumentaria con vistosos complementos: gafas, guantes, corbatas y pañuelos.



NOVELAS DE FERNANDO DEL PASO
Entre las obras de Fernando del Paso, destacan tres extensas novelas que son consideradas como algunos de los mejores exponentes de la narrativa mexicana del siglo XX: 

JOSÉ TRIGO 

Publicada en 1966, es su primera novela, en ella nos cuenta la vida de José Trigo y con ella la de los trenes que salen y llegan a la estación Nonoalco-Tlatelolcoa, a la vez que nos ofrece una evocación total de la historia de su país, desde sus orígenes hasta el tiempo presente.


PALINURO DE MÉXICO 

Es una novela polifónica de 1977que se vale de la lengua, la cultura y la recreación de todos los mundos imaginables para ofrecer una narración que mantiene una relación ambivalente con la historia reciente de México. 
Aunque puede leerse como una novela política, reflejo del espíritu revolucionario juvenil que floreció en México en los años sesenta, también se trata de una obra artística de una gran exuberancia narrativa.

NOTICIAS DEL IMPERIO

Esta famosa novela histórica de 1987 trata sobre la época del emperador Maximiliano I de México y su esposa Carlota de Bélgica y del trágico destino de su efímero imperio.
Esta obra Fernando del Paso corresponde a un nuevo tipo de novela histórica o metaficción historiógrafica

NOTICIAS DEL IMPERIO 

De la novela Noticias del Imperio de Fernando del Paso recogemos un fragmento perteneciente al mónologo de María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México:

"Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austríacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, sobrina del Príncipe Joinville y prima del Conde de París, hermana del Duque de Brabante que fue Rey de Bélgica y conquistador del Congo y hermana del Conde de Flandes, en cuyos brazos aprendí a bailar, cuando tenía 10 años, a la sombra de los espinos en flor. Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.



Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia del Béguinage se caiga a pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.


El mensajero me trajo también, querido Max, un relicario con algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre tu pecho condecorado con el Águila Azteca y que aleteaba como una inmensa mariposa de alas doradas, cuando a caballo y al galope y con tu traje de charro y tu sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apam entre nubes de gloria y de polvo. Me han dicho que esos bárbaros, Maximiliano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, cuando apenas acababan de hacer tu máscara mortuoria con yeso de París, esos salvajes te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Quién iba a imaginar, Maximiliano, que te iba a suceder lo mismo que a tu padre, si es que de verdad lo fue el infeliz del Duque de Reichstadt a quien nada ni nadie pudo salvar de la muerte temprana, ni los baños muriáticos ni la leche de burra ni el amor de tu madre la Archiduquesa Sofía, y que apenas unos minutos después de haber muerto en el mismo Palacio de Schönbrunn donde acababas de nacer, le habían trasquilado todos sus bucles rubios para guardarlos en relicarios: pero de lo que sí se salvó él, y tú no, Maximiliano, fue de que le cortaran en pedazos el corazón para vender las piltrafas por unos cuantos reales. Me lo dijo el mensajero. Al mensajero se lo contó Tüdös el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó, el mensajero, y de parte del Príncipe y la Princesa Salm Salm un estuche de cedro donde había una caja de zinc donde había una caja de palo de rosa donde había, Maximiliano, un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu Imperio en el Cerro de las Campanas. Tengo aquí esta caja agarrada con las dos manos todo el día para que nadie, nunca, me la arrebate. Mis damas de compañía me dan de comer en la boca, porque yo no la suelto. La Condesa d’Hulst me da de beber leche en los labios, como si fuera yo todavía el pequeño ángel de mi padre Leopoldo, la pequeña bonapartista de los cabellos castaños, porque yo no te olvido."
Fernando del Paso





Parte de la información para esta entrada ha sido tomada de los periódicos El País y El Mundo.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

JUAN GOYTISOLO, LA GUARDIA


JUAN GOYTISOLO

Juan Goytisolo Gay es un escritor e intelectual español nacido en Barcelona en 1931. 

Es hermano de los escritores José Agustín Goytisolo y Luis Goytisolo.

Está considerado el narrador más importante de la Generación de los 50, también llamada Generación del medio siglo o de los niños de la guerra.
Su obra abarca novelas, libros de cuentos y de viajes, ensayos y poesía. 
Juan Goytisolo se describe de esta manera:

"Castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nesrani en Marruecos y moro en todas partes, no tardaría en volverme a consecuencia de mi nomadeo y viajes en ese raro espécimen de escritor no reivindicado por nadie, ajeno y reacio a agrupaciones y categorías. El conflicto familiar entre dos culturas fue el primer indicativo, pienso ahora, de un proceso futuro de rupturas y tensiones dinámicas que me pondría extramuros de ideologías, sistemas o entidades abstractas caracterizados siempre por su autosuficiencia y circularidad".


Colabora habitualmente con el periódico El País.
Casado con Monique Lange, escritora guionista y actriz francesa.

Desde la  muerte de su esposa, Monique Lange, en 1996, ha fijado su residencia en Marrakech junto a la familia de su amigo, y expareja, Abdelhadi.

Fallece en Marrakech en junio del 2017. 

Juan Goytisolo siempre tuvo a gala ser el único escritor español que hablaba árabe desde el Arcipreste de Hita.



PREMIO CERVANTES 2014 



Juan Goytisolo Gay ha conseguido el Premio Miguel de Cervantes de las Letras 2014 dotado con 125.000 euros y considerado el galardón literario más importante de la lengua española. 

Según el jurado  Juan Goytisolo ha sido elegido "por su capacidad indagatoria en el lenguaje y propuestas estilísticas complejas, desarrolladas en diversos géneros literarios; por su voluntad de integrar a las dos orillas, a la tradición heterodoxa española y por su apuesta permanente por el diálogo intercultural”.


PARA VIVIR AQUÍ


La obra Para vivir aquí son siete relatos cortos y uno de mayor extensión, que ocupa casi la mitad del libro. 
Cara y cruz, Suburbios, Otoño, en el puerto, cuando llovizna El Viaje, La Guardia, La Ronda, Los amigos y Aquí abajo

LA GUARDIAA Carlos Cortés
Recuerdo muy bien la primera vez que le vi. Estaba sentado en medio del patio, con el torso desnudo y las palmas apoyadas en el suelo y reía silenciosamente. Al principio, creí que bostezaba o sufría un tic o hacía muecas como un enfermo del mal de San Vito, pero al llevarme la mano a la frente y remusgar la vista, descubrí que tenía los ojos cerrados y reía con embeleso. Era un muchacho robusto, con cara de morsa, de piel curtida y basta y pelo rizado y negro. Sus compañeros le espiaban, arrimados a la sombra del colgadizo, y uno con la morra afeitada le interpeló desde la herrería. Con la metralleta al hombro, me acerqué a ver. Aquella risa callada parecía una invención de los sentidos. Los de la guardia vigilaban la entrada del patio, apoyados en sus mosquetones; otro centinela guardaba la puerta que formaba el chaflán del muro de albardilla. El cielo era azul, sin nubes. La solina batía sin piedad a aquella hora y caminé rasando la fresca del muro. El suelo pandeaba a causa del calor y, por entre sus grietas, asomaban diminutas cabezas de lagartija.



El muchacho se había sentado encima de un hormiguero: las hormigas le subían por el pecho, las costillas, los brazos, la espalda; algunas se aventuraban entre las vedijas del pelo, paseaban por la cara, se metían en las orejas. Su cuerpo bullía de puntos negros y permanecía silencioso, con los párpados bajos. Durante el paseo de la víspera me había quedado en el cuerpo de guardia y me detuve a secar el sudor. En la atmósfera pesada y quieta, la cabeza del muchacho se agitaba y vibraba, como un fenómeno de espejismo. Sus labios dibujaban una risa ciega: grandes, carnosos, se entreabrían para emitir una especie de gemido que parecía venirle de muy dentro, como el ronroneo satisfecho de un gato.



Sin que me diera cuenta, sus compañeros se habían aproximado y miraban también. Eran nueve o diez, vestidos con monos sucios y andrajosos, calzados los pies con alpargatas miserables. Algunos llevaban el pelo cortado al rape y guiñaban los ojos, defendiéndose del reverbero del sol.



-Tú, mira, son hormigas...


-Son quirias.

-Hormigas.

-L'hacen cosquiyas.

-Tá en el hormiguero...

Hablaban con grandes aspavientos y sonreían, acechando mi reacción. Al fin, en vista de que no decía nada, uno que sólo tenía una oreja se sentó al lado del muchacho, desabrochó el mono y expuso su torso esquelético al sol. Las hormigas comenzaron a subirle por las manos y tuvo un retozo de risa. «Uy, uy», hizo. Su compañero abrió los ojos entonces y nuestras miradas se cruzaron.

-Mi sargento...

-Sí - dije.

-A ver si nos consigue una pelota... Estamos aburríos...

No le contesté. Uno con acento aragonés exclamó: «Cuidado, que viene el teniente», y aprovechó el movimiento alarmado del de la oreja para guindarle el sitio. Yo les había vuelto la espalda y, poco a poco, los demás se sentaron en torno al hormiguero.

Era la primera guardia que me tiraba (me había incorporado a la unidad el día antes) y la idea de que iba a permanecer allí seis meses me desalentó. Durante media hora caminé por el patio, sin rumbo fijo. Sabía que los presos me espiaban y me sentía incómodo. Huyendo de ellos me fui a dar una vuelta por la plaza de armas. Continuamente me cruzaba con los reclutas. «Es el nuevo», oí decir a uno. El cielo estaba liso como una lámina de papel: el sol parecía incendiarlo todo.

Luego, el cabo batió las palmas y los centinelas se desplegaron con sus bayonetas. Los presos se levantaron a regañadientes: las hormigas ennegrecían sus cuerpos y se las sacudían a manotadas. Pegado a la sombra de la herrería, me enjugué el sudor con el pañuelo. Tenía sed y decidí beber una cerveza en el Hogar. Mientras me iba (había devuelto al cabo las llaves del calabozo) vi que el muchacho se desabotonaba la bragueta y, sin hacer caso de las protestas de los otros, meaba, con una satisfacción cruel, en el hormiguero. 

II

A la hora de fajina, lo volví a ver. El teniente me había dado las llaves y, cuando los cocineros vinieron con la perola del rancho, abrí la puerta del calabozo. De nuevo llevaba la metralleta y el casco y me arrimé a la garita del centinela para descansar.

Los presos escudriñaban a través de la mirilla y al descorrer el cerrojo, se habían abalanzado sobre el caldero. Las lentejas formaban una masa oscura que el cabo distribuía, con un cucharón, entre los cazos. Uno de la guardia había repartido los chuscos a razón de dos por cabeza y, mientras los demás comían ávidamente los suyos, dejó su cazo en el poyo y vino a mi encuentro.

-Mi sargento... ¿Me podría usté hacé un favó?

Apoyé el talón de la metralleta en tierra y le pregunté de qué favor se trataba.

-No es na. Una tontería... -Hablaba con voz socarrona y, por la abertura de la camisa, se rascaba la pelambre del pecho-. Decirle al ordenanza suyo que me traiga luego el diario.

-¿El diario? ¿Qué diario?

-El que reciben ustés en el cuerpo de guardia.

-Recibimos muchos.

-El que habla de fútbol.

-Todos hablan de fútbol. Ninguno habla de otra cosa.

-No sé cómo lo llaman... -murmuró-. Dígaselo al ordenanza. De parte del Quinielas. El sabe cuál es.

-¿El Mundo Deportivo?

-Pué que sea ése... ¿Es uno que lleva la lista de los partíos de primera?

-Sí -repuse-. Lleva la lista de los partidos de primera.

-Entonces, debe de ser el Mundo Deportivo -dijo-. Hace más de un mes que miro pa ver si trae el calendario de la temporá. Lo han de sortear un día de esos...

Me miraba a los ojos, de frente, y escurrió las manos en los bolsillos.

-¿Le gusta a usté el fútbol, mi sargento?

Le dije que no lo sabía; en la vida había puesto los pies en un campo.

-A mí no hay na que me guste más... Antes de entrar en la mili no me perdía un partío...

-¿Cuándo te incorporaste?

-En marzo hizo cuatro años.

-¿Cuatro?

-Soy de la quinta del cincuenta y tres, mi sargento.

El cabo repartía el sobrante de la perola entre los otros y continuó frente a mí, sin moverse:

-Cuatro temporás que no veo jugar al Málaga...

-¿Cuándo te juzgan?

-Uff -hizo-. Con la prisa que llevan... Me haré antes viejo.

Su voz se había suavizado insensiblemente y hablaba como para sí.

-En invierno al menos, cuando hay partíos, leo el diario y me distraigo un poco. Pero, en verano...

-¿Cuándo empieza la Liga? -pregunté.

-No debe de faltar mucho -murmuró-. A fines de agosto suelen hacer el sorteo...

El cabo había terminado la distribución y, uno tras otro, los presos entraron en el calabozo. El muchacho pareció darse cuenta al fin de que le esperaban y miró hacia el patio, haciendo visera con los dedos.

-Si un día abre la puerta y no estoy, ya sabe dónde tié que ir a buscarme...

-¿Al fútbol? -bromeé.

-Sí -dijo él, con seriedad-. Al fútbol.


Había recogido el cazo de lentejas y los chuscos y, antes de meterse en el calabozo, se volvió.

-Acuérdese del diario, mi sargento..

Yo mismo cerré la puerta con llave y corrí el cerrojo. Los centinelas habían formado, mosquetón al hombro y, mientras daba la orden de marchar,contemplé el patio. A aquella hora era una auténtica solanera y los cristales del almacén reverberaban. Entregué las llaves al cabo y, bordeando el muro de las letrinas, me dirigí hacia el cuerpo de guardia.

III

-Hay que tener mucho cuidado con ellos. La mayoría son peligrosos. -Se había sentado al otro lado de la mesa y me analizaba a través de las gafas-. Cuando les des el rancho o los saques a pasear por el patio, conviene que no los pierdas de vista ni un momento. El año pasado a uno de Milicias se le escaparon tres: el Fránkestein, ese otro al que le falta una oreja y uno catalán. Al Fránkestein y al de la oreja los trincaron en Barcelona, pero el otro pudo cruzar la frontera y, a estas horas, debe pasearse todavía por Francia.

Esperaba sin duda algún comentario mío y asentí con la cabeza. El teniente hablaba con voz pausada, cuidando la elección de cada término. Como siempre que me dirigía la palabra, sonreía. Yo le observaba con el rabillo del ojo: pálido, enjuto, llevaba el barbuquejo del casco ajustado y la vaina de su espada sobresalía por debajo de la mesa.

-Enseguida te acostumbrarás a tratarlos, ya verás. Si te cogen miedo desde el principio, te obedecerán y todo marchará como la seda. Si no... -Hizo un ademán con las manos imposible de descifrar-. No conocen más que un lenguaje: el del palo. Cuando les pegas duro, la achantan y, lo que es curioso, te admiran y te quieren. Los españoles somos así. Para cumplir, necesitamos que nos gobiernen a garrotazos.

Por la ventana vi pasar a un grupo de quintos en traje de paseo. Era domingo y la sala de oficiales estaba desierta. Su mobiliario se reducía al escritorio-mesa y media docena de sillas. Clavado en el centro de la pared había un retrato en colores de Franco.

-Ya sé que a los universitarios os repugna gobernar a palo seco y preferís untar las cosas con un poco de vaselina... Estáis acostumbrados a la gente de la ciudad, al trato de personas como tú y como yo, y no conocéis lo que hay debajo. -Señaló los barracones de los soldados con la estilográfica-. Aquí nos llega lo peor de lo peor: el campo de Extremadura, Andalucía, Murcia, La Mancha... La mayor parte de los reclutas son casi analfabetos y algunos no saben siquiera persignarse... En el cuartel no se les enseña solamente a disparar o a marcar el paso. Con un poco de buena voluntad y, a base de perder varias veces el pelo, aprenden a coger el tenedor, a hablar correctamente y a comportarse en la vida como Dios manda...

Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un enorme fajo de papeles. El reloj marcaba las tres y diez: menos de una hora ya, para el relevo de la guardia.

-Un día que tenga tiempo, te enseñaré el historial de los expedientados. Es muy instructivo y estoy seguro de que te interesará. Todos han empezado por una pequeña tontería, se han visto liados poco a poco y, la mayor parte de ellos, acabarán la vida en la cárcel.

Asegurándose de que yo le escuchaba, comenzó a hojear la pila de expedientes: insubordinación, deserción, abandono de arma, robo de quince metros de tubería, robo de capote, robo de saco y medio de harina... El Fránkestein, explicó, había huido tres veces y, las tres veces, lo habían pescado en el mismo bar. El Mochales se había largado al burdel estando de facción. Los quince años que el fiscal reclamaba para el Avellanas se encadenaban a partir de un insignificante latrocinio... Me acordé del preso de las hormigas y le pregunté qué había hecho.

-Es un chico moreno, con el pelo rizado... Uno que le gusta mucho el fútbol.

-Ah -dijo el teniente, sonriendo-. El célebre Quinielas... Seguramente te habrá pedido el diario...

-Sí -dije yo-. Me lo ha pedido.

-Lo hace siempre. Cada vez que hay un suboficial nuevo o de Milicias, le va con el cuento... Está allí por culpa del fútbol y todavía no ha escarmentado...

Abrió otro cajón del escritorio y sacó media docena de libretas.

-Es un técnico -dijo-. Desde hace no sé cuántos años, anota el resultado de los partidos, la clasificación, los goles a favor y los goles en contra y hasta el nombre de los jugadores lesionados. ¿No te ha pedido que le des un par de boletos para las quinielas?

-No.

-Pues aguarda a que empiece la temporada y verás. Se lo pide a todo el mundo. Conociendo como él conoce la preparación de cada equipo, cree que un día u otro acertará y llegará a ser millonario.


-¿Y por qué está en el calabozo? -pregunté-. ¿Robó algo?

-No; no robó nada. Mejor dicho, robó, pero de manera más complicada. -Había corrido la hebilla del barbuquejo y depositó el casco sobre la mesa-. Hace años, cuando llegó, era un muchacho la mar de servicial y, al bajar de campamento, el comandante le buscó un destino en Caja. Nadie desconfiaba de él. En el cuartel pasaba por ser una autoridad en materia de fútbol. No hablaba jamás de otra cosa y, todo el santo día, lo veías por ahí con su libretita copiando la puntuación y los goles. El tío se preparaba para jugar a las quinielas y no se nos ocurrió que, un buen día, podría llevar sus teorías a la práctica.

-¿Cómo, a la práctica?

El teniente echó la silla hacia atrás e hizo una vedija con el humo de su cigarro.

-Un sábado arrambló con cuatro mil pesetas de Caja y las apostó a las quinielas. Durante toda la semana había empollado como un negro sus gráficos y sus estadísticas y estaba convencido de dar en el clavo. Lo de las cuatro mil pesetas no era un robo, era un «adelanto» y creía que, al cabo de pocos días, podría restituirlas sin que nadie se enterara... Lo malo es que el cálculo falló y, al verse descubierto, volvió a hacer otro «préstamo», esta vez de once mil pesetas, estudió la cuestión a fondo, rellenó sus boletos y, zas, volvió a marrarla... Estaba preso en el engranaje y probó una tercera vez: catorce mil. Cuando se dio cuenta había hecho un desfalco de treinta mil pesetas y, a la hora de dar explicaciones, no se le ocurrió otra cosa que ahorcarse.

-¿Se ahorcó?

-Sí. Se falló. -Aplastaba la colilla en el cenicero y tuvo una mueca de desprecio-. Todos se fallan.

El alférez entrante se asomó por la puerta del bar de oficiales. Llevaba el correaje ya, y la espada y el casco y dio una palmada amistosa en el hombro de su compañero. Ladeando la cabeza miré el reloj. Faltaban unos minutos para las cuatro y me fui a escuchar la radio a la sala. Fuera, el sol golpeaba aún. Durante toda la noche no había podido pegar un ojo y ordené al chico de la residencia que subiera a hacerme la cama.

Juan Goytisolo, Para vivir aquí






domingo, 3 de agosto de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL CANON DEL BOOM



MARIO VARGAS LLOSA

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, primer marqués de Vargas Llosa, conocido como Mario Vargas Llosa, es un escritor peruano, que desde 1993 cuenta también con la nacionalidad española.


Entre las más importantes distinciones que ha recibido figuran el premio Nobel de Literatura y los galardones más importantes en lengua castellana entre los que destacan: el premio Rómulo Gallegos (1967), el Príncipe de Asturias (1986), compartido con Rafael Lapesa, el Planeta (1993), con la novela Lituma en los Andes, y el Cervantes (1994).






En la actualidad, tras su participación como candidato a la presidencia de Perú en 1990, Vargas Llosa se dedica plenamente a la literatura, que compagina eventualmente con los artículos que publica en El País.

Nacionalizado español en 1993, Mario Vargas Llosa añade, desde enero de 1996, a su actividad como escritor plural la de miembro de la Real Academia, donde había ingresado con un discurso sobre Azorín. 


Desde entonces, su presencia en España se hace cada día más habitual. 

CONFERENCIA: EL CANON DEL BOOM
Aquí puedes ver un vídeo de la inauguración del congreso literario El canon del Boom, el 5 de noviembre de 2012. 

El escritor Mario Vargas Llosa ofreció una conferencia en la que recordaba a los distintos protagonistas del Boom y relataba distintas anécdotas con cada uno de ellos.










miércoles, 23 de abril de 2014

ELENA PONIATOWSKA AMOR, DISCURSO DEL PREMIO CERVANTES 2013


ELENA PONIATOWSKA AMOR
La periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska Amor galardonada con el Premio Cervantes 2013.

Poniatowska es la cuarta mujer que lo consigue después de las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).



El Jurado, presidido por el presidente de la Real Academia Española (RAE), José Manuel Blecua, ha destacado su "brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa, y su dedicación ejemplar al periodismo".
"Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen al siglo XX, desde una proyección internacional e integradora", ha resaltado el Jurado, para después añadir que "Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español estos días".


DISCURSO COMPLETO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO CERVANTES 2013




Tras escuchar el discurso Elena Poniatowska Amor de aceptación del Premio Cervantes 2013, aquí puedes leer el texto completo.




TEXTO DEL DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO CERVANTES 2013


Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.



Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.


Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.

La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.

A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.

María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.

Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato”.

Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema Primero sueño. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.

Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela- testimonio Hasta no verte Jesús mío, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el “Marqués de Comillas”, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.

Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”

Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”

Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.

Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por descubrir”. En Francia, los jardines son un
pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.

Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: “Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren”.

Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.

La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.

Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.

“¿Quien anda ahí?” “Nadie”, consignó Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Muchos mexicanos se ningunean. “No hay nadie” —contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”. No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: “Pues póngame nomás Juan”, no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado “La Bestia” con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.

En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una Homérica Latina en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en “angelitos santos”, la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: “Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más”. Habría sido mejor que dijera “un limpiabotas venido a menos”. Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.

Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.

Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.

A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó: —Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?

Paula le dijo su edad y Luna insistió:

—¿Antes o después de Cristo?

Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el “Excélsior”, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.

En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.


Muchas gracias por escuchar.



Elena Poniatowska Amor

Discurso de aceptación del Premio Cervantes 2013


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